jueves, 8 de octubre de 2015

Nada más


Foto de Ligia Namuche (mi hermana)

Nada más tierno que las sandalias de un niño puestas una junto a la otra,
que la audacia aterrada de sus primeros pasos,
que la primera ausencia en su hilera de dientes,
que sus palabras nunca mal dichas sino malinterpretadas,
que su racional ateísmo,
que su cabeza grande,
que el recorrido escarpado y colorido de sus primeras letras,
que sus absurdos sueños ocultos bajo sus ojos cerrados,
que sus perfectas desafinaciones al cantar en lenguas extrañas,
que el sonido descarrilado de sus carcajadas,
que sus motivos esenciales de reír,
que su concentración profesional frente a un juguete nuevo,
que la sencillez de sus preguntas insólitas,
que su ansiedad por crecer sin dejar de ser niño,
que su existencia pertinaz y combativa dentro de la cárcel
de mi propia adultez.

Para Helena, Jakob, Eduardo y César Eduardo

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viernes, 7 de agosto de 2015

Sueño bajo el sol de invierno

Pienso en el sabor amargo que transcurre por el cuerpo de la bombilla y, paradójicamente, es una sensación dulce la que me queda. Algo comparable a ese beso amanecido que correspondiste con la noticia de que me quedaba. Sin embargo me fui y he estado solo, chupándole el dulzor a la amargura, extrayéndole la ética al silencio y la estética al mismo papel en blanco de siempre (o a su gemelo sucedáneo), escuchando día tras días un idioma similar al tuyo en una voz que sabe a grapamiel. Entonces he repetido con cronometrada periodicidad el ritual del matrimonio en tu ausencia, y como un mimo he hervido el agua, he cebado el mate, he preparado una polenta desabrida que se queda abandonada en una terraza que sostiene una bandera distinta a la tuya. Y es que en mi bandera no hay un sol ni fragmentos de cielo, sólo un árbol que sangra sin saber que le duele, un animal que no es un gato, pero maúlla, y unas monedas oxidadas. Y te cuento que he prolongado este patriotismo impostado, sólo para apuntar con en el centro blanco de mi bandera al mismo astro que mirarás más tarde junto al Museo del Prado o a la Wiener Staatsoper. Perdonarás la cursilería, pero es así. Esta mañana no hay punto aparte. Mucho menos uno final, porque detesto la idea de despertar. Asoma la mitad dormida de mi retrato, pintado en el borde que delimita el bastidor. Tú, más allá del marco, sigues amamantando escondida el futuro de las artes escénicas. Allí, en ese espacio incierto donde radica la historia. Esto es, naturalmente, un manifiesto político. Bo.



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miércoles, 1 de julio de 2015

SELECCIÓN PERUANA 2015: SI NO SE PUEDE EN COPA, ENTONCES EN VASO

     
Advíncula llora, Ramos le despeja el camino: Intervención sobre foto de AFP

     "Mediocre", decía un empleado de Ripley refiriéndose al máximo goleador extranjero en la historia de la Bundesliga. Él nunca había sido elegido empleado del mes en la sección camisas. "Pongamos todo en la cancha", decía un empleado de la Sunarp mientras acomodaba su Pomalca con Cola Real sobre la mesita de centro. Él nunca pudo meter un gol ni con el equipo de servicio de atención al cliente. “Ganamos, conchesumadre”, decías tú, gigantógrafo de Wilson. Bueno, ésa sí vale, porque aunque no sabes ni bailar el trompo, se comprende y felicita la empatía. A ver si la sacas también cuando perdemos.

     Ojalá la selección le gane a Paraguay y logre el tercer lugar. Hay gente que me escupe que con mi poca ambición no vamos a llegar a ningún lado. ¿Aló?, dijeron ”¿Vamos?”. Que yo sepa, ni ellos ni yo entramos a la cancha. Mucho achoramiento ya. Creer que hoy merecemos triunfazos históricos en algún deporte es poco sensato. En ciento veinte años de historia olímpica ganamos tres medallas. Dos de plata y una sola de oro. Una en vóley femenino y dos –hasta parece una cruel ironía de nuestra viciosa existencia- en tiro.

     En base a este minúsculo universo y a esta insignificante estadística, llegamos a la conclusión de que sólo el 33.3 % de nuestras medallas (o sea una) las ha logrado un deporte colectivo. Si vamos más allá del mundo olímpico, nos daremos cuenta de que nuestros campeones de lo que sea tienen nombre propio (Inés Melchor, Francisco Boza, Sofía Mulanovich, Julio Granda, Paola Mautino…) y no el de un equipo. Menos aun el de una federación.

     Pero esto no es casualidad. Es casi un cliché decir que las instituciones no funcionan en el país, pero siendo una sociedad tan predecible y básica, los clichés funcionan a la perfección. Desde el Estado hasta los organismos deportivos, pasando por la empresa privada, lo que nos gobierna es el egoísmo, la envidia y la ambición individual. Y los prejuicios y la ignorancia y la corrupción y la mala leche, claro.

     En esta selección peruana de fútbol pude vislumbrar una luz distinta. Y aunque estar entre los cuatro mejores no dé para celebrar, yo sí celebro. Apaciblemente, con una sonrisa y un pequeño suspiro de alivio, celebro. Me tomo un amable trago, porque tampoco es para empujarse la botella entera. Lo hago, aun a pesar de que en un par de días se podría conseguir un resultado inferior al que logramos en la edición anterior. Y es que, al margen de la derrota frente a Chile o la siempre posible caída frente a Paraguay, esta selección ha demostrado cosas distintas –para bien- con respecto a la del 2011. De esa eficiencia fugaz, de ese “ratoneo” que parecía imprescindible para lograr algo a espaldas de Manuel Burga y su corte de chupabolas, ahora nos encontramos con un equipo que se da tiempo para ir adelante aunque se quede con diez. No contentos con esa dosis de entrega y concentración, los chicos de Gareca nos han devuelto un poco de la alegría del fútbol de los setenta y parte de los ochenta. El segundo gol de Guerrero a Bolivia, gestado con los lujosísimos pases de Cueva y un taco semiacrobático de Farfán, cuenta no sólo del talento tanto tiempo oculto en procesos mezquinos y desnaturalizadores, sino de una alegría también aplacada por dirigentes corruptos y por una prensa que pasaba de la sobonería desmedida y el humo a la traición aplaudida por una hinchada tuerta y vociferante.

     Aunque no sabemos qué pasará luego con esta federación encabezada por Edwin Oviedo, si trabajará o no con honestidad y pensando en el beneficio común o la seguirá cagando, lo cierto es que la frescura que se siente luego de todos esos años enclaustrados en la necedad, la obstinación y la ambición de Burga, origina, por un ratito al menos, un profundo suspiro de paz. Eso parecen sentirlo con mayor intensidad los propios jugadores, seguros hoy de sí mismos y respaldados por un entrenador sobrio, inteligente y con una evidente capacidad para comprender la mente explosiva y desordenada de nuestros peloteros.

     Ojalá que estemos yendo realmente en esta dirección y que no sólo la sigamos en el fútbol, sino también –aunque esto ya suene a los idílicos años verdes del tío Rossini- en todos los deportes individuales y colectivos, en la empresa pública y en la privada, en nuestra vida social y política, porque si seguimos serruchándonos el piso, si seguimos empolvándonos, disforzados, el ombligo; si continuamos alimentando con nuestras miserias el rencor de quien luego nos apuñalará por la espalda, nuestra única salida será seguir solos, antes que mal acompañados.
Entonces, salud, pues, en vaso nomás, si no se puede en copa. Salud, y como dicen en las peñas habaneras: “Que haya salud, porque belleza sobra”. Sólo hay que dejarla surgir.



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jueves, 11 de junio de 2015

EL FÚTBOL COMO (INJUSTO) PRETEXTO PARA EL VACÍO

     


     “Thiago Silva sorprende con declaraciones sobre Perú”, dice el titular. En realidad, la noticia no interesa. Lo interesante es el titular y la tremenda farsa que esconde ¿Qué es lo que esta gente entiende por "sorprender"? Uno piensa que si el tipo hizo declaraciones que "sorprenden" debe haber dicho algo tonto o genial o polémico o muy, muy divertido... pero no. La cita esencial del artículo es "vamos a tardar un poquito en engranarnos en la Copa América 2015". O sea, una simple frase que podría decir, sincera o demagógicamente, cualquier futbolista, de cualquier lugar, antes de jugar cualquier campeonato. O sea que sorpresa, no hay.


    ¿O acaso sí la hay? Ortega y Gasset decía que “sorprenderse y maravillarse es comenzar a entender”. Pero ¿de qué nos sorprendemos los peruanos? ¿Nos sorprenden el abuso, la corrupción, la discriminación, la imbecilidad? ¿Nos maravilla la ciencia, la música, los fenómenos naturales, la belleza de un paisaje? Es como si para lo verdaderamente sorprendente no tuviéramos los sentidos abiertos y dispuestos. En una sociedad en la que un tipo con expansores en las orejas es poco menos que un alienígena, una muchacha con tatuajes está bajo sospecha de prostitución y una adolescente con mechones turquesa es candidata fija al manicomio, se entiende que cualquier idiotez resulte sorprendente. Nos sorprende Alan García diciendo –una vez más- que el que no la debe no la teme, o el Puma Carranza sentenciando que la U –agárrense con la primicia calentita- sigue siendo la U. Y está claro que son los propios medios -junto con las iglesias, los colegios, los hogares- quienes con sus normas atesoradas en compartimientos estancos, están creando a ese nuevo peruano cada vez más aletargado, vacío de experiencias y aislado de otras realidades. Porque son los otros, con sus costumbres distintas, con su idiosincrasia particular, con su acento, sus regionalismos, su manera de ver el mundo, quienes nos abren las puertas de lo verdaderamente sorprendente.

     Pero ¿qué tienen que ver los medios con este enclaustramiento? Pues, mucho. Porque es buenísimo viajar y conocer nuevos mundos, pero no es la única manera de vincular experiencias propias con ajenas, no es la única posibilidad –en consecuencia- que tenemos de sorprendernos ante semejanzas inverosímiles o diferencias que producen vértigo, no es la única forma -en conclusión- de fomentar el conocimiento en nuestras mentes y el entendimiento de quien nos es extraño, sin necesidad de ejercer el odioso empeño de tolerarlo.

      Desde niño siempre me gustó el fútbol. Leía relatos apasionantes sobre jornadas futbolísticas escritas por cronistas argentinos y españoles. En esos fascículos maravillosos que llegaban a  casa cada semana, conocí al mítico Obdulio Varela, capitán uruguayo en el mundial del cincuenta, acuñando una frase inmortal que alentaría a sus compañeros a enfrentar con coraje al monstruo de doscientas mil cabezas que era el Maracaná: “Los de afuera son de palo”, dijo el Negro Jefe, antes de que los once del “paisito” le ganaran a un Brasil que jugaba una barbaridad. De la misma manera conocí a la Naranja Mecánica holandesa revolucionando el juego con su “fútbol total”, heredado tres décadas después por el Barcelona de Messi; o a la rústica Alemania del cincuenta y cuatro tumbándose, a punta de garra y estrategia, a los exquisitos húngaros, invictos en más de treinta partidos.

      Esas historias, habitadas por mis héroes de pantalones cortos, me hacían volar desde la ventana de mi cuarto hacia el Río de la Plata y escuchar los mismos tangos que mi padre cantaba; pasar por Río de Janeiro y descubrir que el malecón en Ipanema tenía el mismo diseño que el de La Punta; acuatizar en el Mediterráneo y entender que los catalanes hablaban distinto que los madrileños; aparecer en Múnich, aprender a escribir München y a pronunciar “miunjen”. Por otra parte, pensaba que el haitiano que humilló a toda Inglaterra al meterle el gol con el que Estados Unidos le ganó en el mundial del cincuenta, o Matthias Sindelar, el judío austríaco que fue el primer supercrack del fútbol, o el propio Nene Cubillas, segundo goleador de dos mundiales, debían tener un poquito de Grau, Bolognesi o Alfonso Ugarte.

     Hoy las cosas son distintas. Ahora la información nos ataca desde todos los frentes, pero sus cañones más precisos nos bombardean con una carga de vacío, estupidez o mentira. Incluso la internet, este revolucionario espacio de resistencia virtual en el que podemos combatir los hedores de la alcantarilla en que se ha convertido la prensa tradicional, está salpicado de mierda: “Greysi mostró más de lo debido”, “Gisela se presentó con un vestido de infarto”, “polémicas declaraciones del loco Vargas remecen las redes sociales”, son los titulares a los que tarde o temprano, por arrechitos o chismosos, les daremos clic para luego darnos con esa nada hedionda. O con algún virus aleccionador como una fábula de Esopo.


Feliz Copa América. Chao.
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viernes, 5 de junio de 2015

CLARO: EMPRESA PRIVADA MIS POLAINAS




¿Cuánta gente ha sido estafada con tarjetas fantasma o cobros indebidos por empresas como Saga Falabella o Ripley? ¿No les llegó alguna vez un volante en el que Movistar ofrecía paquetes de cable muy beneficiosos y cuando se los iban a instalar les dieron un precio más alto y menos canales de los que anunciaron? ¿No les pasó que fueron a tiendas Metro para beneficiarse de su 3x2 y cuando se les ocurrió inquirir a la cajera descubrieron que sus ofertas –aún a la vista, gigantescas-  ya no estaban vigentes desde hacía tres días? ¿Y cada vez que los medios de comunicación les mienten –día tras día, día tras día- o les ofrecen programas abiertamente embrutecedores –mes tras mes, año tras año- no los están estafando?

En mi aventura de seis meses con Claro TV, tuve muchos problemas que no enumeraré porque sería como lloriquear por los malos tratos de una novia traicionera. Es más, creo que fui digno y lúcido al dejar a una empresa que no es capaz de acudir cuando necesitas que solucione lo que está haciendo pésimo. Sin embargo, cuando creí que todo había terminado, empezaron a llamarme para decirme que tenía deudas pendientes. Primero, un infeliz me llamó para decirme que yo había roto mi contrato un mes antes de lo estipulado y que debía pagar una multa. Según él, mi romance con Claro TV había empezado a finales de octubre, pero según la realidad, corroborada por papeles que yo tengo en mi poder, mi contrato se inició a finales de septiembre. Las llamadas siguieron, porque el animal este –para mí era el mismo, uno que he visualizado mentalmente con cara de idiota, rulos y anteojos hipster- insistía en que le llegaba al huevo que yo tuviera documentos, porque lo que valía era lo que aparecía en su puto sistema. Un día que le dije “dejen de acosarme, por el amor de Alá”, el tipo me contestó “ya, disculpe, ya no lo vamos a acosar, señor”. Pero si bien las bromas que yo le hacía al hipster eran liberadoras, ya empezó a ser frustrante -de tan inútil- el que las amables chicas de atención al cliente me dijeran que todo estaba en regla, señor, usted ya no es nuestro cliente y no tiene deudas con dios, con la patria o los santos evangelios. Ni siquiera con Claro, claro, claro.

Durante un tiempo dejaron de llamarme y creí que podía dormir tranquilo. Incauto, noble, puro, casto y huevón yo. Ayer me volvió a llamar el hipster crespo telefonista burócrata de Claro a contarme una nueva historia (tiene que ser el mismo de siempre). “¿Con César Namuche?”, me dijo achorado la mierda ésa. “¿Con el señor qué?”, lo baje yo. Y siguió: “Sí, señor Namuche, lo llamo para comunicarle que tiene una deuda de veinte soles”. Ja. La novedad con la que me salió el tarambana fue que mi contrato había sido deshecho el 17 de abril ¿Pueden creerlo? La versión de que lo había roto antes de tiempo desapareció, y ahora resulta que lo rompí después de tiempo y que debo pagar VEINTE SOLES. Veinte soles que, sumados a los de miles de cojudos inducidos como yo, suman millones, así, facilito nomás.

Cuando llamé para quejarme por última vez, una chica nerviosa me dio un código para que ellos pudieran consumar su robo. Le exigí que me dijera que si el código era para robarme. Se negó a aceptarlo. Pobre niña.


Por mi parte, he decidido que voy a pedir mi teléfono verde agua a la CPT, voy a comprar azúcar en Súper Epsa y voy a ver mis clases de quechua en Radio Televisión Peruana Canal Siete. Y tú ¿sigues creyendo que la empresa privada es una maravilla?

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miércoles, 6 de mayo de 2015

Barcelona vs Bayern: La epifanía de Messi


Lo que ha hecho Messi faltando doce minutos para acabar el partido no ha sido salvar a su equipo. Eso lo hace cualquier jugador talentoso en una tarde gloriosa. Lo que ha hecho Messi ha sido poner en crisis a dos cucos feos y malos: Uno, el Bayern, que tenía al Barcelona de hijo hacía bastante rato, y dos, Neuer, ese gigante arquero que le gana la moral a cualquiera con su tamaño y su alcance, con sus salidas suicidas y con sus encares. De hecho, quedó claro que Neuer le ganó la moral a Suárez, el mejor delantero del mundo, porque cuando un crack tan preciso e implacable como él la manda a la tribuna tras quedar a tiro de gol, es porque el arquero que tenía delante ya lo sometió mentalmente.
Y también parecía haber hecho lo mismo con Messi, pero este tipo, que parece vivir al margen de las pasiones humanas, tiene siempre algo más. Él es perfectamente capaz de transformar su estrategia personal y el partido completo en el momento más complicado, cuando el tiempo parece correr más rápido, faltando tan poquito. Primero, tras un quiebre elegantísimo, hizo que el arco le quedara infinito al propio Neuer, y dio la sensación de que éste nunca hubiera podido llegar, porque sacó el latigazo más violento y rasante sin avisar, sin dejar como señal una expresión en el rostro, un mechón agitado de su pelo. Y luego con una vaselina colocada también un centímetro más allá de las posibilidades físicas del arquero, luego de una serie de regates perfectos, con la bola pegadita al pie y con una rapidez sin aspavientos.
El tres a cero puesto por Neymar estuvo bueno también, pero la puerta ya la había abierto Messi, un incomparable de la historia del fútbol.
Para mí, el Bayern está KO.

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domingo, 3 de mayo de 2015

LUIS CASTAÑEDA LOSSIO: LA CONSTRUCCIÓN DE UN LIMEÑO ADORMECIDO





Como decía nuestro artista Juan Javier Salazar, en Lima siempre “parece que va a llover, pero nunca llueve”. Esta imagen literal desde el punto de vista meteorológico, ilustra más el clima de nuestra mente que el de nuestra vida. Y es que los limeños decimos que estamos al borde del colapso, cuando en realidad ya colapsamos. Debido a una mezcla innecesaria y torpe de optimismo con egoísmo, de necedad con poca conciencia, creemos que la cosa es manejable o que, decididamente, va viento en popa. De otro lado, en nuestros inusuales momentos de lucidez o sinceridad, el alma sólo nos da para decir que estamos a punto de ser lo que ya somos. Acá ya nos cayó el diluvio y naufragamos.

El día en que Luis Castañeda creyó que era una buena idea traerse abajo la reforma del transporte y reducir las sanciones por accidentes de tránsito, muchos fans, devotos, hinchas y barras bravas del alcalde, anestesiados por una vida entre combis asesinas y coasters sicarias, siguieron defendiendo con tozudez el voto que le dieron al hepático sol solidario.

El instante en que Luis Castañeda decidió borrar los murales del Centro Histórico de Lima, auspiciados por la gestión de Susana Villarán, algunos artistas defendieron la idea de que el muralismo es un arte efímero (deberían ir a México a borrar los murales de Siqueiros, Rivera, Orozco o Tamayo, a ver qué pasa con su idea de lo efímero). Incluso la ministra de cultura, Diana Álvarez-Calderón estaba de acuerdo con Castañeda, porque, claro, la doña no entendía la diferencia entre un mural y un grafiti y, claro, claro, se trataba de una expresión de marginales que no merecían ni la pared regada con pichi de un terreno baldío.

Cuando Luis Castañeda decidió que Mistura iba, sí o sí, en el Parque de la Exposición, y Natalia Majluf denunció que era un atropello hacer una feria del bitute a la entrada de un museo serio que tenía una programación establecida, la gente de Apega y los organizadores del evento dijeron algo como “Qué más quieren. Encima de que les vamos a traer turistas, se quejan porque los Funerales de Atahualpa van a quedar impregnados con un rico aroma de chancho al palo”.

La vez que Luis Castañeda determinó hacer el bypass en la avenida 28 de julio, cagándose en la posibilidad de hacer Mistura, y dejando en evidencia que recién se le había ocurrido (oh, qué coincidencia, frente al futuro bypass está Telesup, instituto de José Luna Gálvez, financista y compadre espiritual del alcalde), ya a los capos de la feria del richi, del combo, de la jama, no les gustó tanto la gestión de Solidaridad Nacional, que días atrás habían aplaudido.

El momento en que a Luis Castañeda le pareció conveniente llevar a cabo el tercer carril frente a la Costa Verde, para quedar como un hombre de decisiones firmes, en contraste con “la vaga”, “la inepta”, “la pusilánime” de Susana Villarán, que había desistido de hacerlo, la comunidad entera de surfers peruanos -en donde prejuiciosamente diré que había muchas viudas del que roba pero hace obra-, se mostró, digamos, en total desacuerdo. Días después, cuando Luchito colocó unos filudos rocones de río para proteger su porquería de carril del maretazo que se avecinaba, garantizando estropear el oleaje de la playa La Pampilla y poniendo en riesgo la propia vida de los surfers, éstos explotaron de indignación e ira, y la Marina de Guerra del Perú le clavó al municipio una multa de 57.000 soles, que seguramente Lucho pagará con alguna coimita recibida en el cumplimiento de sus ideales de asaltar y poner cemento.

A más de ciento veinte días de iniciado su mandato, Luis Castañeda Lossio, con su expresión de villano de Hannah & Barbera, sigue teniendo un nivel de aprobación de más del 50 %. La gente que lo rechaza es aquélla que ha sido directamente perjudicada por su autoritarismo y su insensatez. Los demás lo siguen queriendo. Y es que al cajero de un banco le importa un pepino si don Lucho despidió a tres mil trabajadores de la Municipalidad de Lima; a un cocinero de chifa le importa dos pimientos que se tirara abajo una buena gestión cultural; a un pelotero de barrio le importa poco que ponga en riesgo la vida de quienes circulan o utilizan la Costa Verde para hacer un deporte distinto; a un comerciante de Lince le importa nada que, cancelando el maravilloso proyecto Río Verde, margine de una vida digna a cientos de shipibos que vinieron a Lima, con el mismo derecho con el que Roque Benavides va a visitar su mina en Cajamarca.

Quizá porque no soy un hombre de fe, pienso que Luis Castañeda tendrá que cometer demasiadas tropelías para perder considerablemente la simpatía de la gente. Demasiadas. Es más, no me sorprendería que, con sus obras avanzadas -seguramente para mal- muchos le devuelvan su apoyo y sean felices diciendo que siempre confiaron en él. Y es que a los limeños les revienta equivocarse. Les da rabia que el edificio que construyeron tenga defectos estructurales y que haya que tumbarlo y empezarlo de nuevo. Castañeda es ese edificio, esa construcción de buen gerente, buen administrador y buen alcalde que levantaron sus adormecidas mentes. Prefieren reivindicar el error. Creer que viven en el sueño de una habitación en el Westin y repetir entre los escombros tangibles las palabras de Humberto Martínez Morosini frente a un esperanzador empate: “Aquí no pasa nada, vamos muchachos”.




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sábado, 25 de abril de 2015

ENTRE LA CEGUERA Y LA COJUDEZ



Cuando todo un contingente de policías abre con violencia las manos de un campesino para ponerle un arma que nunca portó ¿lo hace porque se le ocurre? Cuando un reportero gráfico capta en su cámara el preciso instante de la farsa ¿lo hace porque le parece correcto? Cuando un medio de prensa envía al mencionado reportero con ese fin específico ¿lo hace a cambio de nada?

Luego de que, hace más de una década, viéramos a Vladimiro Montesinos corromper a periodistas, dueños de medios de prensa, alcaldes, congresistas, cómicos, faranduleros y demás "líderes de opinión", muchos pensamos que, ante nuestra incapacidad de informarnos por medio de la lectura, las imágenes filmadas habían venido a salvarnos de la corrupción y la mentira. Ahora pienso que el efecto ha sido inverso. Dejar en dramática evidencia nuestra miseria como nación, lejos de hacernos ver la realidad, nos ha adormecido frente a la injusticia, ha normalizado la mentira y la corrupción, nos ha dejado ciegos frente a la infamia.

Acá todos saben cuando un alcalde se llena las manos de plata producto de las coimas, todos se dan cuenta cuando un ex presidente miente descaradamente al decir que tiene las manos y la conciencia limpia, todos tienen muy en claro que los principales objetivos de cierta candidata son sacar de la cárcel a su padre delincuente y acrecentar la fortuna familiar. Sobre todas estas cosas no hay sólo indicios, hay evidencias. Pero ¿de qué sirve que todas las investigaciones apunten a la cara de los culpables, si ni siquiera las imágenes son capaces de hacernos reaccionar?

El día que Alan García le metió una coz en el culo a Jesús Lora -un humilde hombre con algunos rasgos de retardo mental, treinta centímetros más bajo que aquél y cien kilos más liviano-, yo pensé que su carrera política por fin había terminado. Una vez más me equivoqué. Hoy el susodicho es nuevamente un candidato de fuerza.



Pero volviendo al campesino sembrado con un “arma punzocortante” en Islay ¿Servirá de algo la evidencia filmada para cuestionarnos sobre la realidad de la minería en el Perú? Conozco a gente respetable que piensa que dicho proyecto no tendrá un impacto nocivo sobre el agua y la agricultura de la zona, pero cuando uno ve los métodos que ellos utilizan para conseguir sus objetivos, lo más saludable es dudar, dudar mucho y tener presente la historia de la explotación minera -y de los trabajadores mineros- en el Perú. Claro, porque una cosa es carecer de memoria y otra muy distinta hacerse el cojudo.




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domingo, 19 de abril de 2015

SOBRE LAS MUJERES QUE PUEDEN ACABAR UN TALLARÍN TAIPÁ Y LAS QUE NO



Vania Bludau y Sophie Calle intervenidas y revueltas
Existe una frontera infranqueable entre la mujer de televisión y la que camina por las calles. La mujer hermosa de la vida diaria ya no lo es tanto si tiene una cámara delante y aparece en nuestras pantallas. A esta última no le bastan -o no le sirven- cosas tan devaluadas como el encanto natural, la inteligencia, el talento, la clase. La chica guapa que vemos subiendo a una combi o comprando puchos en la bodega, puede convertirse en una bruja soporífera si aparece junto a Miss Perú Mundo diciendo que un archipiélago no es un mamífero volador, sino un conjunto de islas. Incluso la “madrecita sagrada más hermosa del mundo”, la mártir irreprochable y abnegada de la vida diaria, la que parió con dolor heroico y sacó adelante a sus hijos, la que fue esposa fiel y que tiene un lugar ganado en el cielo, se convierte en una vieja de mierda si el contexto no es la edición especial del programa de Chibolín por el día de la madre. La mujer televisada podría ser brillante, culta, noble y capaz, siempre y cuando no se le note. De otro lado, si para algún noticiero se necesita una mujer con una imagen seria y creíble, se busca a una que sólo sea eso, una imagen, una suerte de Mónica Delta que pueda mentir y decir obviedades con la fría sobriedad de un refrigerador. Unos anteojos la ayudarán bastante.

Anoche salí a comer y tomar unos tragos con mi amiga Greta. Ella es una mujer de estos tiempos; una chica moderna que estudió y que ahora trabaja y disfruta. Tiene un celular considerado pero activo a su lado, al tiempo que conversa sobre el mundo, comparte conmigo un obsceno tallarín taipá y se toma unos chilcanos. Habla sin pretensiones ni represiones sobre la vida y sobre su vida, y es, en resumen, una excelente compañía. Ayer hablábamos, entre otras cosas, sobre el intercambio de roles entre el hombre y la mujer. Ella relataba en primera persona la historia de una jovencita que consigue liberarse de un tipo bastante mayor que pretendía someterla psicológicamente. Yo, por mi parte, confesaba mi  ya superada manía de ovillarme como un feto paracas para llorar al amor perdido, en un rincón visible de una habitación no tan oscura. Cada quien hablaba distendido sobre las carencias y virtudes de ambos géneros a través de sí mismo. Queda claro que ninguno de los dos, en nuestras abismales diferencias generacionales, afectivas, profesionales, serviríamos para la tele.

Aunque acá el tema es la mujer, es inevitable la mención a mi género. Si no existiera el hombre, la mujer sería simplemente el “ser humano”. Una perogrullada, claro, pero que viene al caso. Y es que es el hombre quien aún maniata y condiciona a la mujer en su papel de vedette voluptuosa, de diva glamorosa, de adorno semi inanimado, de puta, de esposa, de madre tiranizada, de suegra tirana o de amante. No es sólo la televisión la que exige un papel restringido y mediocre, es también el hombre quien construye un mecano con las mujeres que lo rodean. O un staff demasiado costoso que realiza sus actividades en la oficina, en un hostal bien caleta, en el night club, en la cocina, en la televisión, en el hogar que creyó construir. Una estupidez y un desperdicio de recursos monetarios y psicológicos. Y no es que crea que en la vida de un hombre deba haber una sola mujer, es sólo que las muchas que nos rodean ocupan su propio lugar en la vida y no tendrían que estar a nuestro servicio. Nunca.

Si todas las mujeres fueran como Greta, es decir, si no tuvieran que interpretar un papel que requiere de histrionismo extremo, maquillaje, tintes para el pelo, dietas, cirugías, liposucciones, dependiendo de la agenda de un director opresivo, el hombre tendría la posibilidad de disfrutar de ellas en cualquiera de sus edades y en la compleja amplitud de sus mentes. Los estereotipos femeninos, que nosotros mismos creamos, hacen de nuestra vida un espacio predecible y lleno de frustración. Vivimos ansiosos y queremos algo que ni siquiera somos capaces de vislumbrar. Ya no nos cabe en la cabeza el que la madre que cocina un ollón de arroz con pato pueda haber tenido deliciosas perversiones y sofisticadas parafilias; no concebimos que la arquitecta que va a su estudio vestida de sastre suela jugar fútbol con su hijo en el parque los domingos; no nos permitimos la idea de que la despampanante muchacha que baila en un night club salga con zapatillas en sus días libres para sacar fotografías de la ciudad.

Hoy, de vez en cuando, chequeo en Facebook las fotos actuales de mis viejas amigas y de las mujeres que amé (no me jodan, todos lo hacemos). Por alguna razón, todas me gustaron de una o varias maneras. Físicamente, quiero decir. Aunque en determinado momento debo haber dejado de querer un poco a una que otra, todas me siguen pareciendo lindas. A algunas se les extravió la cintura imposible en unos rollos perfectamente humanos; otras –o las mismas- perdieron el cutis de durazno y dibujaron marcadas líneas de expresión a punta de sonrisas y pena; unas sofisticaron su actitud y otras más se volvieron sencillas. Las menos, no sé cómo, están -o parecen- intactas. Pero mis gustos también se movilizaron con el tiempo, ampliaron su dominio, y sucede que encuentro seductores ciertos niveles de gordura, algunas arrugas, la posibilidad de un humor corporal distinto, la inexorabilidad de la celulitis. Y es que mi vida sería un páramo si siguiera buscando lo mismo ¿Con qué derecho tendría que buscar lo mismo si el espejo me dice que yo también envejecí?


 Ayer Greta pidió una Inca Kola de 400 ml tradicional y yo una igualita, pero “zero”. “Ya estoy terminando el primer tiempo”, le dije para justificarme. Tampoco creo que sea necesario dejar crecer mi panza y desarrollar tetas, pero pude comer sin culpas mi parte de tallarín taipá. En un momento miré en el espejo del baño algunas marcas en mi cara y, recién hoy, ya recuperado de esos chilcanos extradulces, puedo reafirmarme en que estoy a gusto con lo que soy. Es lo que hay, pues. Gracias a estos momentos de lucidez y honestidad puedo mirar a la mujer en todos sus matices con absoluto placer. Ninguna es perfecta. Yo tampoco.

El taipá retratado por Greta



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jueves, 2 de abril de 2015

No me han dejao ni el pucho en la oreja

“No me has dejao ni el pucho en la oreja
de aquel pasao malevo y feroz.
Ya no me falta pa' completar
más que ir a misa e hincarme a rezar”

Enrique Santos Discepolo, Malevaje


     Quizá no necesito la cronología de los hechos. Quizá no necesito decir que empecé a fumar el día en que vi a Humphrey Bogart levantándose a Ingrid Bergman a punta de Gitanes y dry martinis, porque en ese caso tendría también que ser un adicto al dry martini. Ni siquiera Juancito el talibán se hizo adicto al dry Martini, porque cada vez que yo se lo servía en la barra del bar, con el incentivo de convertirlo por unos minutos en Humphrey Bogart, él se tomaba un trago cortito, decía lo más pomposa y respetuosamente que iba un ratito al baño, y regresaba cuatro minutos después convertido en uno de esos transformers japoneses, que son ora robots imponentes, ora automóviles futuristas, ora aviones de combate. Qué poco elegante se veía Juancito, tratando de achuntarle al pie de la copa con la mano derecha retorciéndose absurdamente cual llave decimonónica colocada sobre una chapa electrónica que sólo admite tarjetas. Además, él no fumaba, y sin cigarrillo no hay Humphrey Bogart que sirva, por más que repose dignamente una aceituna verde en el fondo de la copa de martini. El hecho es que yo fumo mucho antes de que lo hiciera Humphrey Bogart en Casablanca, o en La Reina Africana, quizás. Yo fumo desde el inicio de mis tiempos, que no son los de Rick Blaine.

     Imagino, casi como un recuerdo vívido, a mi viejo sosteniendo entre los labios deliberadamente secos -si es eso posible- uno de esos Golden 100 extralargos, mientras me arrullaba después de mi primer llanto, aún con líquido amniótico en los pliegues de mis brazos, de mi cuello, de mis piernas de recién nacido, mientras el cordón umbilical descansaba como una serpiente obtenida de un sueño de ayahuasca en el piso del cuarto matrimonial. Y es que así nací y empecé a fumar, pues, en el cuarto de mis viejos y sin saberlo. Así, desarrollando el sentido de la virilidad a través del pucho siempre renovable de mi padre. Y no es que él fuera un macho tipo mexicano (aunque sus bigotes), ni mucho menos un machista, es sólo que tenía esa sobria y antigua elegancia de profesor universitario absorto en sus deberes de hombre de los setenta, de catedrático de la universidad más antigua y más decana de América; de esposo católico, apostólico, romano y no practicante, y de padre -hasta mí- de dos machitos momentáneamente saludables, y de una -hasta ese momento- adorable niña. Entonces era lógico que alguna vez encendiera mi primer cigarrillo.

     Creo que hasta pasada mi adolescencia, mis sueños de hombre se sostenían en la urgencia de tener pelos en el cuerpo como mi padre, de usar anteojos de profesor como mi padre, de acabar una carrera humanista como mi padre, de casarme como mi padre, de tener un teléfono, un auto y un perro, como mi padre. De fumar, como mi padre. Sería incapaz de negar las mil cosas que aprendí de él, entre las lindas y las desagradables, como el cigarrillo. De él aprendí también a dibujar, a ver fútbol, a divagar -a pesar de que él odiaba que yo lo hiciera- a cocinar, a resentirme con facilidad, a ser pedante con la humanidad, a desconfiar y a temerle al prójimo, a abandonar los triunfos inminentes por algún ingénito pesimismo… pero acá lo que cuenta es que aprendí a fumar, y hoy, en esta mañana fría de Montevideo, tan limeña, dicho sea de paso, me tienta un puchito que me aporte la falsa sensación de calor, de casa, de papá. Pero no. No, porque ya pasé por dos tratamientos para adictos al cigarrillo y no estoy para botar la plata que gasté. No. No, a pesar de que recuerdo con ternura cuando papá dejaba la colilla en ese cenicero grabado con el almanaque de 1971 y los signos zodiacales, para atenderme durante mis accesos asmáticos. “Cálmate”, me decía; me tapaba una fosa nasal y me pedía que tomara aire por la otra, luego me tapaba la otra y me decía que botara el aire por aquélla. Yo, más calmado, respiraba su aliento Golden 100, Ducal, Premier y de otras marcas, seguramente, porque nunca tuvo bandera en ese aspecto de su vida (ni en el aspecto político, hay que decirlo). Luego me decía, apolíticamente me repetía, desarraigadamente me convencía de que yo era un papel que caía apenas sostenido por el viento, y esa sola imagen transfigurada de mí mismo, convertido en una hoja blanca de ínfimo gramaje, me traía el sosiego necesario hasta que me daban media ración de esas pastillas Márex que tomaba mi hermana, otra asmática, más experta y consuetudinaria que yo.



     Y así me soñaba yo, fumando como papá, con esa actitud que bien podría llamar “don Enrique Bogart”, con ese aromático y asmático humo siguiéndome algún día por las aulas y pasillos universitarios, abandonándome desde la ventanilla del auto que alguna vez tendría, sentado en mi escritorio de intelectual o frente a un cuadro de mi taller de pintor, al levantarme por las mañanas antes de afeitar la barba que tendría por derecho genético, antes y después del desayuno, del almuerzo, del lonchecito, acompañando mis conversaciones de hombre adulto que tiene casa, esposa, auto, perro, anteojos y pelos en el cuerpo; arrullando a mi futuro hijo en la tibieza de esa fumata bianca que no anuncia un papa ni ninguna otra cosa perniciosa. Y es curioso que, aun con tantas imágenes estimulantes, no haya sido un fumador prematuro, como muchos de mis amigos que luego tuvieron una vida insalubre, pero exenta de nicotina y alquitrán. Fui más bien un fumador tardío, posero, de ésos hoy tan desprestigiados y confundidos fumadores universitarios que todavía pretenden conquistar a una regia y aeróbica doncella con aquello del pucho suspendido apenas entre dos labios laxos y despreocupados. Y es que en esos tiempos todavía funcionaba la cosa, porque, o fumaban ellas también, o desarrollaban con chicos como yo su complejo de Electra, pues los padres también les perfumaron la infancia con aroma de tabaco.

     Pero lo curioso es que mis primeros cigarrillos reales fueron solitarios, fueron consecutivos y fueron cinco. En una esquina del primer patio de Bellas Artes, cobijado del invierno por el calco fiel de la Pietá de Miguel Ángel, me fumé cinco Hamilton Light que me hicieron el efecto de -años después lo sabría- un pequeño falso de cocaína inhalado en seco. Por esos tiempos, yo era la cosa más pretenciosa, pedante y silenciosa, caminando por los claustros y patios coloniales que albergaba la Escuela. Me hacía el loquito, circulando por allí y hasta aventurándome por el jirón Áncash, la avenida Abancay, la Plaza de Armas, el Jirón de la Unión, la Plaza San Martín, con unos jeans hermosos y demasiado caros para los pigmentos y diluyentes de aprendiz que deliberadamente chorreaba sobre ellos. Entonces, con el cigarrillo y una adecuada forma de fumarlo ya estaba completo. Para eso me miraba mucho en el espejo. Echando humo por la boca sonriente o grave o apática o ruda o romántica o iracunda o apasionada, representaba ante mí mismo el papel del día; de artista, de amante o de poeta. Así de frívolo puede ser un artista joven. Y así de superficial y formalista, porque para mí, en esos inocentes años noventa, el fumar me aportaba misterio, profundidad, sabiduría y hasta inmortalidad. Y ahora que lo pienso tiene cierta lógica que la trascendencia venga con alguna adicción mortal a corto o a largo plazo, porque si uno quiere trascender, primero debe hacer algo notable, o por lo menos notorio, y luego debe morir.

     Algunos son más osados o más prácticos y se meten desde pasta básica hasta ketamina, pero para mí unos cigarritos eran un camino lento, seguro y placentero, hacia la muerte primero y hacia la inmortalidad después. Cuando me di cuenta de que lo único que me importaba era ser famoso fue demasiado tarde. Y es que la rectificación del rumbo, el retorno a la sencillez de los objetivos primigenios, de la vocación genuina, de la felicidad sin pretensión, se haría más difícil bajo el peso de una adicción que ya empezaba a ser vista por el mundo como eso, como una fea enfermedad maloliente y vulgar.

     Para terminar, diré que tuve mi primera gran oportunidad de dejar a tiempo el pucho cuando el paquetazo de Hurtado Miller. “Que Dios nos ayude”, dijo el gramputa, y al día siguiente un solo cigarrillo costaba lo que una cajetilla, o algo así. Pero yo seguí fumando nomás. A contracorriente del asma, a despecho de mi pecho cerrado y de mi billetera clausurada, a pesar de los dedos amarillos y de la resaca alcohólica elevada al cuadrado por acción de la nicotina, seguí haciéndome daño durante dos décadas por la fuerza de la inercia, porque la vieja vanidad se torna adicción, porque a todo se acostumbra uno y porque –ya, qué mierda- todo está escrito.

Juan Carlos Hurtado Miller: "Que Dios nos ayude"



     Hoy, desposeído de mis quince minutos de gloria artística, cuando mis entradas son ensenadas ganándole sitio a mi cabello, cuando mis amores me siguen, relativamente, amando a distancia prudencial, tengo la rara, apacible, dulce y penosa sensación de que, como dice Discepolo, no me han dejao ni el pucho en la oreja”. Tantán.


Montevideo, febrero del 2013




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sábado, 28 de marzo de 2015

Televisión peruana: Entre cucarachas de criadero y comida para buitres




"Yo hago lo que me dicen"

En una entrevista hecha por Perú.21, Adolfo Aguilar, ese chirriante y odioso conductor de televisión no deja lugar a descargos. A los suyos, quiero decir. A la pregunta de si no le parece extremo haber hecho comer cucarachas a una adolescente a cambio de un viaje a Cancún, él responde: “Esto no me parece nada grave. Creo que el programa va bien…”. Más adelante, como para que haga un deslinde con respecto a otro de los pináculos de la mierda televisiva en el Perú, le preguntan si lo que acaba de hacer no es comparable al momento en que Laura Bozzo retó a una “panelista” a lamerle las axilas a un hombre transpirado. Aguilar, con la frialdad de un electrodoméstico contesta: “Eso fue hace más de diez años, que se olviden de Laura Bozzo, que la dejen tranquila...”. Finalmente, y para cerrar con coherencia y aplomo la entrevista, se despacha otra pregunta, ya no importa cuál, y luego se repregunta él solito, como para delinear con resaltador luminoso su filosofía de vida: “¿Si eliminarán dicho reto? No lo sé, porque yo no lo decido. La producción decide qué va o no va. Yo hago lo que me dicen”.

El cuestionario de Perú.21 fue breve. Casi todo lo dicho por Aguilar está reproducido líneas arriba. Si el diario omitió pasajes de la entrevista, da lo mismo. En cada una de sus frases, el conductor se mantiene como una roca. Para él todo está bien. Tan bien, que ni siquiera ha querido aclarar tardíamente -como sí lo hizo su compañero Jesús Alzamora, algo menos categórico y tonto que él- que las cucarachas que se le ofrecieron a la adolescente eran de criadero, comestibles, e incluso tremendamente nutritivas. Le faltó decir que estaban riquísimas, pero no creo que las haya probado. Es decir, a diferencia de Alzamora, Aguilar quiso mantener el morbo hasta las últimas consecuencias. A él no le importaba que un ejército de adolescentes, intrépidos e idiotas por naturaleza, inventaran el juego de reemplazar papitas al hilo por cucarachas de desagüe.

Pero la gravedad del asunto no se limita a haber puesto en riesgo la salud de nuestros alocados pulpines y de no pocos idiotizados adultos. Jesús Alzamora explica que cometieron un error, uno solo y casi deleznable, al no aclarar el punto de que los bichos eran comestibles. Pero se equivoca. Haber callado eso suponía la intención deliberada de enrostrarnos que esa niña había hecho bajo presión algo humillante y repulsivo por un bien material. Terrible ¿no?

Nadie duda de que la televisión es entretenimiento, pero ¿es acaso necesario convertir el entretenimiento en humillación? ¿Es necesario que la televisión imite las formas de abuso y estupidez que se practican en los colegios? El reto de hacer comer insectos a los chicos ¿es acaso algún absurdo ejercicio de empatía con ellos? Algo así, en realidad, pero al revés. Ellos le dan a la gente lo que ellos le hicieron querer. Y es que, si bien la televisión es entretenimiento, es también un inevitable transmisor de algo muy parecido a la ideología, una ideología invertebrada, digamos; una línea de pensamiento sin un rollo que la explique o justifique.

"Un archipiélago es un animal"

Cuando estaba en el colegio, un buen maestro me dijo: “la principal educación es la que se da con el ejemplo”. Y bueno, la televisión sabe eso perfectamente. Por eso, ellos no contratan a sus idiotas para hacer las cosas más fáciles. Lo de ellos no es un “dejar de hacer por negligencia” sino un “hacer por defecto”. Ponen frente a nosotros a chicos y chicas de cuerpos saludables y cerebros famélicos; a tipos dinámicos y sonrientes, pero con pocas luces; a periodistas con apariencia severa o actitud mordaz, pero mentirosos y materialistas. Ellos adoctrinan con la imagen y las acciones. Cuando una chica bellísima nos dice que un archipiélago es un animal, la televisión nos está inculcando la idea de que no es necesario estudiar para ser “alguien”, que basta con un buen culo y una cara linda. Cuando un tipo aparentemente desenfadado publica las apetencias privadas o la escondida orientación sexual de un colega, está fomentando el odio y la intolerancia. Apedreamiento público, señores; lapidación. De la misma manera, cuando Aguilar y Alzamora hacen comer cucarachas a una adolescente, el mensaje es devastador: “los bienes materiales bien valen que hagas lo que sea”. LO QUE SEA.

De un tiempo a esta parte, es noticia común el asesinato de alguien a manos de su hijo. Cuando un chico mata a su padre, lo hace porque sólo ha podido ver en él a un surtidor de juguetes y ropa, a una máquina de dinero, y no a un proveedor de afecto o cultura o espíritu reflexivo. Cuando Mónica Delta nos relata un parricidio más, y con profunda expresión vallejiana sentencia algo como: “¡qué barbaridad con estos jóvenes!”, ella sabe perfectamente que trabaja para un medio que fomenta esos delitos ¿Exagero? Júzguenlo ustedes. Si es verdad que la TV nos dice de mil maneras, explícitas y simbólicas, que “con dinero baila el mono”, y en la escuela ya nadie dice lo contrario, y mucho menos en casa, porque todos allí reciben el mismo mensaje ¿Qué esperamos sino a gente peligrosamente codiciosa?

Mónica Cecilia Teresa Delta Parodi

La espiral de decadencia se hace así interminable, y en ese recorrido que parece infinito están ellos, para alentarlos a despreciar lo que sólo en teoría sigue siendo valioso. Frases como “la gente tiene derecho a elegir”, “la educación viene de casa”, “la televisión es sólo para entretener” o “tú tienes el poder del control remoto”, son sólo comida para buitres. Hoy los hipócritas o los necios sugieren a los medios que se “autorregulen”. Bueno, así será, pues.


Sigan pidiéndole a los perros que dejen de cagar en la vereda.


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viernes, 27 de marzo de 2015

Breves reflexiones sobre la paternidad (a ocho años de la muerte de mi viejo)

Yo no soy padre y lo más probable es que nunca lo sea. Hace un par de años me sentí padre, pero creo que la experiencia se produjo para descubrir que no soy un ser tan incompleto como creía. Puedo proteger, educar y amar a un niño... o a una niña, que es lo que me ofreció el destino para mi absoluta felicidad. Incluso descubrí que no necesito procrear para sentirme papá.

En mi país, hay muchos padres que son unos hijos de puta. Es sintomático que a los malos padres se les defina como hijos de alguien. Yo no creo que las putas sean necesariamente madres de personas viles, pero no quiero hablar ahora de la injusticia o el poco rigor de ciertos lugares comunes del idioma y la cultura. Si menciono a mi país en este caso, es porque creo que la “baja calidad” del padre peruano se da en un contexto determinado. Pero ese contexto no es un espacio físico. Mi país, el Perú, sin entrar en descripciones patrióticas o detalles estéticos, es generoso y bello. Creo yo que el espacio que nutre la iniquidad enferma de los padres peruanos es el Estado, esa cosa que el diccionario define objetivamente como el “conjunto de los órganos de gobierno de un país soberano”. Bueno, ni tan soberano, pero ya quedamos en que ni el idioma ni sus paradigmas son capaces de definir las cosas con absoluto rigor. El asunto es que "nuestros"padres suelen ser un asco y se parecen mucho a ese “conjunto de órganos”. El Estado, nuestro Estado, es un padre que le niega a sus hijos una educación pública de calidad, un sistema de salud eficiente, seguridad en el más amplio sentido de la palabra, abrigo, afecto, tiempo, y que luego de vejámenes y pateaduras, no duda en abandonarlos.

Debe ser por eso que nunca me sentí un genuino hijo del Perú. En todo caso soy un hijo de esta tierra biodiversa, multicultural, enorme y absurda, pero no de ese ente maquillado de miserias que es el Estado Peruano. Debe ser también por eso que siempre me sentí incompleto e incapaz de tener un hijo. Pero es un alivio haberme enterado, pasados los cuarenta, que no es que haya sido un insensible a la dulzura de un niño o que hubiera querido evadir el enorme peso que supone hacerse cargo de una vida humana. Es sólo que nunca había tenido la oportunidad de enfrentarme a alguien que me despertara con una sonrisa desbordada, o me apretara fuerte del brazo mientras tomaba teta con los ojos cerrados, o que buscara, en medio de su galimatías, las palabras que yo jugaba a enseñarle, o que se dejara dormir con una canción, o que aprendiera a abrazar en mis brazos.

Pero ya tuve la oportunidad. Y no quiero contar mi historia de padre y esposo temporal, porque prefiero proteger esos pasajes en la memoria o, si acaso, en la ficción. Pero siento que debo dar las gracias a alguien que aún no sabe hablar muy bien y que no tendrá nunca algún recuerdo de mí. Y aunque me jorobe saber eso, me consuela hacer proyecciones matemáticas precisas de ella y le auguro éxitos legítimos y el cariño de la mitad del mundo. Eso por un lado.


Por otro lado, le agradezco a mi viejo, claro. Por ser bastante más que la negación del Estado peruano. Porque el tipo no sólo  me mandó al colegio, sino que me explicó sin resultados inmediatos millones de cosas que yo no entendía; porque no sólo me llevó al médico cuando fue necesario, sino que sabía frotar mi pecho y me enseñaba a respirar cuando el asma me ahogaba. Porque me protegió y jugó conmigo hasta una edad razonable y me quiso siempre, sin aspavientos, casi tímidamente. Imperfecto él, como quiere a un hijo un padre genuino.

Y también a ella, a la mujer en el horizonte.

Y nada más.


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jueves, 26 de marzo de 2015

La memoria de lo inútil



No entiendo ya el apego a ciertos objetos inútiles. Entiendo que los objetos almacenan memoria, pero no todo vale la pena recordarlo. Un día me deshice de libros y revistas sobre historia del fútbol, de camisas de manga corta y medias con rombitos, de zapatos que jamás usé, de cuadros que nunca más expondría y que habían perdido significado, de cassettes con música que podría encontrar en la red, de botellas de vino lindas y vacías, de espejos que habían reflejado todas mis edades.

     

Y no es que me convertí en un ejemplo de muchacho, pero ya no tenía ese estúpido diploma diciéndome, como si fuera una primicia, que en tercero de secundaria me fui a la mierda y que andaba catatónico e infeliz en las clases y en la vida. Y es que hay un tiempo para botar. No puedes guardar un teléfono inalámbrico que ya no recibe señales o un disco rayado de Tom Jones que te regaló una tía que ya hace mucho detestas. La memoria sana es la que está en ti, en tu cabeza, no la que está en los pliegues empolvados de una casaca que no va con tu edad o servida en una taza rajada de los setenta. Aun así, hay pensamientos sin representación física que deben echarse también.



 No soy un optimista, es cierto. Y por eso no ando encontrando megaproyectos rentabilísimos  en el futuro ni me autodenominaría jamás “emprendedor”, pero al menos quiero mi camino despejado, limpio del dolor amarillento de mis libretas de notas y mis cuadernos Loro, con tan sólo alguna que otra carta hermosa escrita tras la foto de una ciudad portuaria que amé. Así quiero estar, en silencio o con mis tangos viejos recién aprendidos, sin las tristes canciones de Ian Curtis trayendo nubarrones sin lluvia desde Lima.  No quiero vivir tropezando con desperdicios de mi historia. Quiero un futuro lleno de emociones inciertas donde la vida o la muerte me sorprendan tras una esquina, sin el retrato de un viejo supersticioso que me trate de aleccionar diciéndome: “Te lo dije”.


Chao.


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