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| Advíncula llora, Ramos le despeja el camino: Intervención sobre foto de AFP |
"Mediocre", decía un
empleado de Ripley refiriéndose al máximo goleador extranjero en la historia de
la Bundesliga. Él nunca había sido elegido empleado del mes en la sección
camisas. "Pongamos todo en la cancha", decía un empleado de la Sunarp
mientras acomodaba su Pomalca con Cola Real sobre la mesita de centro. Él nunca
pudo meter un gol ni con el equipo de servicio de atención al cliente. “Ganamos,
conchesumadre”, decías tú, gigantógrafo de Wilson. Bueno, ésa sí vale, porque
aunque no sabes ni bailar el trompo, se comprende y felicita la empatía. A ver
si la sacas también cuando perdemos.
Ojalá la selección le gane a
Paraguay y logre el tercer lugar. Hay gente que me escupe que con mi poca
ambición no vamos a llegar a ningún lado. ¿Aló?, dijeron ”¿Vamos?”. Que yo
sepa, ni ellos ni yo entramos a la cancha. Mucho achoramiento ya. Creer que hoy
merecemos triunfazos históricos en algún deporte es poco sensato. En ciento
veinte años de historia olímpica ganamos tres medallas. Dos de plata y una sola
de oro. Una en vóley femenino y dos –hasta parece una cruel ironía de nuestra
viciosa existencia- en tiro.
En base a este minúsculo universo
y a esta insignificante estadística, llegamos a la conclusión de que sólo el 33.3
% de nuestras medallas (o sea una) las ha logrado un deporte colectivo. Si
vamos más allá del mundo olímpico, nos daremos cuenta de que nuestros campeones
de lo que sea tienen nombre propio (Inés Melchor, Francisco Boza, Sofía
Mulanovich, Julio Granda, Paola Mautino…) y no el de un equipo. Menos aun el de
una federación.
Pero esto no es casualidad. Es
casi un cliché decir que las instituciones no funcionan en el país, pero siendo
una sociedad tan predecible y básica, los clichés funcionan a la perfección. Desde
el Estado hasta los organismos deportivos, pasando por la empresa privada, lo
que nos gobierna es el egoísmo, la envidia y la ambición individual. Y los
prejuicios y la ignorancia y la corrupción y la mala leche, claro.
En esta selección peruana de
fútbol pude vislumbrar una luz distinta. Y aunque estar entre los cuatro
mejores no dé para celebrar, yo sí celebro. Apaciblemente, con una sonrisa y un
pequeño suspiro de alivio, celebro. Me tomo un amable trago, porque tampoco es para
empujarse la botella entera. Lo hago, aun a pesar de que en un par de días se
podría conseguir un resultado inferior al que logramos en la edición anterior.
Y es que, al margen de la derrota frente a Chile o la siempre posible caída
frente a Paraguay, esta selección ha demostrado cosas distintas –para bien- con
respecto a la del 2011. De esa eficiencia fugaz, de ese “ratoneo” que parecía
imprescindible para lograr algo a espaldas de Manuel Burga y su corte de chupabolas,
ahora nos encontramos con un equipo que se da tiempo para ir adelante aunque se
quede con diez. No contentos con esa dosis de entrega y concentración, los
chicos de Gareca nos han devuelto un poco de la alegría del fútbol de los
setenta y parte de los ochenta. El segundo gol de Guerrero a Bolivia, gestado con
los lujosísimos pases de Cueva y un taco semiacrobático de Farfán, cuenta no
sólo del talento tanto tiempo oculto en procesos mezquinos y
desnaturalizadores, sino de una alegría también aplacada por dirigentes
corruptos y por una prensa que pasaba de la sobonería desmedida y el humo a la
traición aplaudida por una hinchada tuerta y vociferante.
Aunque no sabemos qué pasará luego
con esta federación encabezada por Edwin Oviedo, si trabajará o no con
honestidad y pensando en el beneficio común o la seguirá cagando, lo cierto es
que la frescura que se siente luego de todos esos años enclaustrados en la
necedad, la obstinación y la ambición de Burga, origina, por un ratito al menos,
un profundo suspiro de paz. Eso parecen sentirlo con mayor intensidad los
propios jugadores, seguros hoy de sí mismos y respaldados por un entrenador sobrio,
inteligente y con una evidente capacidad para comprender la mente explosiva y
desordenada de nuestros peloteros.
Ojalá que estemos yendo realmente
en esta dirección y que no sólo la sigamos en el fútbol, sino también –aunque esto
ya suene a los idílicos años verdes del tío Rossini- en todos los deportes
individuales y colectivos, en la empresa pública y en la privada, en nuestra
vida social y política, porque si seguimos serruchándonos el piso, si seguimos
empolvándonos, disforzados, el ombligo; si continuamos alimentando con nuestras
miserias el rencor de quien luego nos apuñalará por la espalda, nuestra única
salida será seguir solos, antes que mal acompañados.
Entonces, salud, pues, en vaso
nomás, si no se puede en copa. Salud, y como dicen en las peñas habaneras: “Que
haya salud, porque belleza sobra”. Sólo hay que dejarla surgir.

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