Yo no soy padre
y lo más probable es que nunca lo sea. Hace un par de años me sentí padre, pero creo
que la experiencia se produjo para descubrir que no soy un ser tan incompleto
como creía. Puedo proteger, educar y amar a un niño... o a una niña, que es lo que me ofreció el destino para mi absoluta felicidad. Incluso
descubrí que no necesito procrear para sentirme papá.
En mi país, hay
muchos padres que son unos hijos de puta. Es sintomático que a los malos padres
se les defina como hijos de alguien. Yo no creo que las putas sean necesariamente madres
de personas viles, pero no quiero hablar ahora de la injusticia o el poco rigor
de ciertos lugares comunes del idioma y la cultura. Si menciono a mi país en este caso, es
porque creo que la “baja calidad” del padre peruano se da en un contexto
determinado. Pero ese contexto no es un espacio físico. Mi país, el Perú, sin
entrar en descripciones patrióticas o detalles estéticos, es generoso y bello.
Creo yo que el espacio que nutre la iniquidad enferma de los padres peruanos es
el Estado, esa cosa que el diccionario define objetivamente como el “conjunto
de los órganos de gobierno de un país soberano”. Bueno, ni tan soberano, pero
ya quedamos en que ni el idioma ni sus paradigmas son capaces de definir las
cosas con absoluto rigor. El asunto es que "nuestros"padres suelen ser un asco
y se parecen mucho a ese “conjunto de órganos”. El Estado, nuestro Estado, es
un padre que le niega a sus hijos una educación pública de calidad, un sistema de salud eficiente,
seguridad en el más amplio sentido de la palabra, abrigo, afecto, tiempo, y que luego de vejámenes y pateaduras, no
duda en abandonarlos.
Debe ser por eso
que nunca me sentí un genuino hijo del Perú. En todo caso soy un hijo de esta
tierra biodiversa, multicultural, enorme y absurda, pero no de ese ente maquillado de miserias que es el Estado Peruano. Debe ser también por eso que siempre me sentí
incompleto e incapaz de tener un hijo. Pero es un alivio haberme enterado, pasados los cuarenta, que no es que haya sido un insensible a la dulzura de un niño o que hubiera querido evadir el enorme peso que
supone hacerse cargo de una vida humana. Es sólo que nunca había tenido la oportunidad de
enfrentarme a alguien que me despertara con una sonrisa desbordada, o me
apretara fuerte del brazo mientras tomaba teta con los ojos cerrados, o que
buscara, en medio de su galimatías, las palabras que yo jugaba a enseñarle, o que
se dejara dormir con una canción, o que aprendiera a abrazar en mis brazos.

Por otro lado, le agradezco a
mi viejo, claro. Por ser bastante más que la negación del Estado peruano.
Porque el tipo no sólo me mandó al
colegio, sino que me explicó sin resultados inmediatos millones de cosas que yo no entendía; porque no sólo me llevó
al médico cuando fue necesario, sino que sabía frotar mi pecho y me enseñaba a
respirar cuando el asma me ahogaba. Porque me protegió y jugó conmigo hasta una
edad razonable y me quiso siempre, sin aspavientos, casi tímidamente. Imperfecto él, como quiere a un hijo un padre genuino.
Y también a ella, a la mujer en el horizonte.
Y nada más.
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