viernes, 27 de marzo de 2015

Breves reflexiones sobre la paternidad (a ocho años de la muerte de mi viejo)

Yo no soy padre y lo más probable es que nunca lo sea. Hace un par de años me sentí padre, pero creo que la experiencia se produjo para descubrir que no soy un ser tan incompleto como creía. Puedo proteger, educar y amar a un niño... o a una niña, que es lo que me ofreció el destino para mi absoluta felicidad. Incluso descubrí que no necesito procrear para sentirme papá.

En mi país, hay muchos padres que son unos hijos de puta. Es sintomático que a los malos padres se les defina como hijos de alguien. Yo no creo que las putas sean necesariamente madres de personas viles, pero no quiero hablar ahora de la injusticia o el poco rigor de ciertos lugares comunes del idioma y la cultura. Si menciono a mi país en este caso, es porque creo que la “baja calidad” del padre peruano se da en un contexto determinado. Pero ese contexto no es un espacio físico. Mi país, el Perú, sin entrar en descripciones patrióticas o detalles estéticos, es generoso y bello. Creo yo que el espacio que nutre la iniquidad enferma de los padres peruanos es el Estado, esa cosa que el diccionario define objetivamente como el “conjunto de los órganos de gobierno de un país soberano”. Bueno, ni tan soberano, pero ya quedamos en que ni el idioma ni sus paradigmas son capaces de definir las cosas con absoluto rigor. El asunto es que "nuestros"padres suelen ser un asco y se parecen mucho a ese “conjunto de órganos”. El Estado, nuestro Estado, es un padre que le niega a sus hijos una educación pública de calidad, un sistema de salud eficiente, seguridad en el más amplio sentido de la palabra, abrigo, afecto, tiempo, y que luego de vejámenes y pateaduras, no duda en abandonarlos.

Debe ser por eso que nunca me sentí un genuino hijo del Perú. En todo caso soy un hijo de esta tierra biodiversa, multicultural, enorme y absurda, pero no de ese ente maquillado de miserias que es el Estado Peruano. Debe ser también por eso que siempre me sentí incompleto e incapaz de tener un hijo. Pero es un alivio haberme enterado, pasados los cuarenta, que no es que haya sido un insensible a la dulzura de un niño o que hubiera querido evadir el enorme peso que supone hacerse cargo de una vida humana. Es sólo que nunca había tenido la oportunidad de enfrentarme a alguien que me despertara con una sonrisa desbordada, o me apretara fuerte del brazo mientras tomaba teta con los ojos cerrados, o que buscara, en medio de su galimatías, las palabras que yo jugaba a enseñarle, o que se dejara dormir con una canción, o que aprendiera a abrazar en mis brazos.

Pero ya tuve la oportunidad. Y no quiero contar mi historia de padre y esposo temporal, porque prefiero proteger esos pasajes en la memoria o, si acaso, en la ficción. Pero siento que debo dar las gracias a alguien que aún no sabe hablar muy bien y que no tendrá nunca algún recuerdo de mí. Y aunque me jorobe saber eso, me consuela hacer proyecciones matemáticas precisas de ella y le auguro éxitos legítimos y el cariño de la mitad del mundo. Eso por un lado.


Por otro lado, le agradezco a mi viejo, claro. Por ser bastante más que la negación del Estado peruano. Porque el tipo no sólo  me mandó al colegio, sino que me explicó sin resultados inmediatos millones de cosas que yo no entendía; porque no sólo me llevó al médico cuando fue necesario, sino que sabía frotar mi pecho y me enseñaba a respirar cuando el asma me ahogaba. Porque me protegió y jugó conmigo hasta una edad razonable y me quiso siempre, sin aspavientos, casi tímidamente. Imperfecto él, como quiere a un hijo un padre genuino.

Y también a ella, a la mujer en el horizonte.

Y nada más.


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