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| "Yo hago lo que me dicen" |
En una
entrevista hecha por Perú.21, Adolfo Aguilar, ese chirriante y odioso conductor
de televisión no deja lugar a descargos. A los suyos, quiero decir. A la
pregunta de si no le parece extremo haber hecho comer cucarachas a una
adolescente a cambio de un viaje a Cancún, él responde: “Esto no me parece nada
grave. Creo que el programa va bien…”. Más adelante, como para que haga un
deslinde con respecto a otro de los pináculos de la mierda televisiva en el
Perú, le preguntan si lo que acaba de hacer no es comparable al momento en que
Laura Bozzo retó a una “panelista” a lamerle las axilas a un hombre transpirado.
Aguilar, con la frialdad de un electrodoméstico contesta: “Eso fue hace más de
diez años, que se olviden de Laura Bozzo, que la dejen tranquila...”.
Finalmente, y para cerrar con coherencia y aplomo la entrevista, se despacha
otra pregunta, ya no importa cuál, y luego se repregunta él solito, como para
delinear con resaltador luminoso su filosofía de vida: “¿Si eliminarán dicho
reto? No lo sé, porque yo no lo decido. La producción decide qué va o no va. Yo
hago lo que me dicen”.
El
cuestionario de Perú.21 fue breve. Casi todo lo dicho por Aguilar está
reproducido líneas arriba. Si el diario omitió pasajes de la entrevista, da lo
mismo. En cada una de sus frases, el conductor se mantiene como una roca. Para
él todo está bien. Tan bien, que ni siquiera ha querido aclarar tardíamente -como
sí lo hizo su compañero Jesús Alzamora, algo menos categórico y tonto que él-
que las cucarachas que se le ofrecieron a la adolescente eran de criadero,
comestibles, e incluso tremendamente nutritivas. Le faltó decir que estaban riquísimas,
pero no creo que las haya probado. Es decir, a diferencia de Alzamora, Aguilar
quiso mantener el morbo hasta las últimas consecuencias. A él no le importaba
que un ejército de adolescentes, intrépidos e idiotas por naturaleza,
inventaran el juego de reemplazar papitas al hilo por cucarachas de desagüe.
Pero la
gravedad del asunto no se limita a haber puesto en riesgo la salud de nuestros
alocados pulpines y de no pocos idiotizados adultos. Jesús Alzamora explica que
cometieron un error, uno solo y casi deleznable, al no aclarar el punto de que los
bichos eran comestibles. Pero se equivoca. Haber callado eso suponía la
intención deliberada de enrostrarnos que esa niña había hecho bajo presión algo humillante y
repulsivo por un bien material. Terrible ¿no?
Nadie duda de
que la televisión es entretenimiento, pero ¿es acaso necesario convertir el
entretenimiento en humillación? ¿Es necesario que la televisión imite las
formas de abuso y estupidez que se practican en los colegios? El reto de hacer
comer insectos a los chicos ¿es acaso algún absurdo ejercicio de empatía con
ellos? Algo así, en realidad, pero al revés. Ellos le dan a la gente lo que
ellos le hicieron querer. Y es que, si bien la televisión es entretenimiento,
es también un inevitable transmisor de algo muy parecido a la ideología, una ideología
invertebrada, digamos; una línea de pensamiento sin un rollo que la explique o
justifique.
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| "Un archipiélago es un animal" |
Cuando estaba
en el colegio, un buen maestro me dijo: “la principal educación es la que se da
con el ejemplo”. Y bueno, la televisión sabe eso perfectamente. Por eso, ellos
no contratan a sus idiotas para hacer las cosas más fáciles. Lo de ellos no es
un “dejar de hacer por negligencia” sino un “hacer por defecto”. Ponen frente a
nosotros a chicos y chicas de cuerpos saludables y cerebros famélicos; a tipos
dinámicos y sonrientes, pero con pocas luces; a periodistas con apariencia
severa o actitud mordaz, pero mentirosos y materialistas. Ellos adoctrinan con
la imagen y las acciones. Cuando una chica bellísima nos dice que un
archipiélago es un animal, la televisión nos está inculcando la idea de que no
es necesario estudiar para ser “alguien”, que basta con un buen culo y una cara
linda. Cuando un tipo aparentemente desenfadado publica las apetencias privadas
o la escondida orientación sexual de un colega, está fomentando el odio y la
intolerancia. Apedreamiento público, señores; lapidación. De la misma manera,
cuando Aguilar y Alzamora hacen comer cucarachas a una adolescente, el mensaje
es devastador: “los bienes materiales bien valen que hagas lo que sea”. LO QUE
SEA.
De un tiempo a
esta parte, es noticia común el asesinato de alguien a manos de su hijo. Cuando
un chico mata a su padre, lo hace porque sólo ha podido ver en él a un surtidor
de juguetes y ropa, a una máquina de dinero, y no a un proveedor de afecto o cultura o
espíritu reflexivo. Cuando Mónica Delta nos relata un parricidio más, y con
profunda expresión vallejiana sentencia algo como: “¡qué barbaridad con estos
jóvenes!”, ella sabe perfectamente que trabaja para un medio que fomenta esos
delitos ¿Exagero? Júzguenlo ustedes. Si es verdad que la TV nos dice de mil
maneras, explícitas y simbólicas, que “con dinero baila el mono”, y en la
escuela ya nadie dice lo contrario, y mucho menos en casa, porque todos allí
reciben el mismo mensaje ¿Qué esperamos sino a gente peligrosamente codiciosa?
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| Mónica Cecilia Teresa Delta Parodi |
La espiral de
decadencia se hace así interminable, y en ese recorrido que parece infinito
están ellos, para alentarlos a despreciar lo que sólo en teoría sigue siendo
valioso. Frases como “la gente tiene derecho a elegir”, “la educación viene de
casa”, “la televisión es sólo para entretener” o “tú tienes el poder del control
remoto”, son sólo comida para buitres. Hoy los hipócritas o los necios sugieren
a los medios que se “autorregulen”. Bueno, así será, pues.
Sigan pidiéndole
a los perros que dejen de cagar en la vereda.



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