jueves, 2 de abril de 2015

No me han dejao ni el pucho en la oreja

“No me has dejao ni el pucho en la oreja
de aquel pasao malevo y feroz.
Ya no me falta pa' completar
más que ir a misa e hincarme a rezar”

Enrique Santos Discepolo, Malevaje


     Quizá no necesito la cronología de los hechos. Quizá no necesito decir que empecé a fumar el día en que vi a Humphrey Bogart levantándose a Ingrid Bergman a punta de Gitanes y dry martinis, porque en ese caso tendría también que ser un adicto al dry martini. Ni siquiera Juancito el talibán se hizo adicto al dry Martini, porque cada vez que yo se lo servía en la barra del bar, con el incentivo de convertirlo por unos minutos en Humphrey Bogart, él se tomaba un trago cortito, decía lo más pomposa y respetuosamente que iba un ratito al baño, y regresaba cuatro minutos después convertido en uno de esos transformers japoneses, que son ora robots imponentes, ora automóviles futuristas, ora aviones de combate. Qué poco elegante se veía Juancito, tratando de achuntarle al pie de la copa con la mano derecha retorciéndose absurdamente cual llave decimonónica colocada sobre una chapa electrónica que sólo admite tarjetas. Además, él no fumaba, y sin cigarrillo no hay Humphrey Bogart que sirva, por más que repose dignamente una aceituna verde en el fondo de la copa de martini. El hecho es que yo fumo mucho antes de que lo hiciera Humphrey Bogart en Casablanca, o en La Reina Africana, quizás. Yo fumo desde el inicio de mis tiempos, que no son los de Rick Blaine.

     Imagino, casi como un recuerdo vívido, a mi viejo sosteniendo entre los labios deliberadamente secos -si es eso posible- uno de esos Golden 100 extralargos, mientras me arrullaba después de mi primer llanto, aún con líquido amniótico en los pliegues de mis brazos, de mi cuello, de mis piernas de recién nacido, mientras el cordón umbilical descansaba como una serpiente obtenida de un sueño de ayahuasca en el piso del cuarto matrimonial. Y es que así nací y empecé a fumar, pues, en el cuarto de mis viejos y sin saberlo. Así, desarrollando el sentido de la virilidad a través del pucho siempre renovable de mi padre. Y no es que él fuera un macho tipo mexicano (aunque sus bigotes), ni mucho menos un machista, es sólo que tenía esa sobria y antigua elegancia de profesor universitario absorto en sus deberes de hombre de los setenta, de catedrático de la universidad más antigua y más decana de América; de esposo católico, apostólico, romano y no practicante, y de padre -hasta mí- de dos machitos momentáneamente saludables, y de una -hasta ese momento- adorable niña. Entonces era lógico que alguna vez encendiera mi primer cigarrillo.

     Creo que hasta pasada mi adolescencia, mis sueños de hombre se sostenían en la urgencia de tener pelos en el cuerpo como mi padre, de usar anteojos de profesor como mi padre, de acabar una carrera humanista como mi padre, de casarme como mi padre, de tener un teléfono, un auto y un perro, como mi padre. De fumar, como mi padre. Sería incapaz de negar las mil cosas que aprendí de él, entre las lindas y las desagradables, como el cigarrillo. De él aprendí también a dibujar, a ver fútbol, a divagar -a pesar de que él odiaba que yo lo hiciera- a cocinar, a resentirme con facilidad, a ser pedante con la humanidad, a desconfiar y a temerle al prójimo, a abandonar los triunfos inminentes por algún ingénito pesimismo… pero acá lo que cuenta es que aprendí a fumar, y hoy, en esta mañana fría de Montevideo, tan limeña, dicho sea de paso, me tienta un puchito que me aporte la falsa sensación de calor, de casa, de papá. Pero no. No, porque ya pasé por dos tratamientos para adictos al cigarrillo y no estoy para botar la plata que gasté. No. No, a pesar de que recuerdo con ternura cuando papá dejaba la colilla en ese cenicero grabado con el almanaque de 1971 y los signos zodiacales, para atenderme durante mis accesos asmáticos. “Cálmate”, me decía; me tapaba una fosa nasal y me pedía que tomara aire por la otra, luego me tapaba la otra y me decía que botara el aire por aquélla. Yo, más calmado, respiraba su aliento Golden 100, Ducal, Premier y de otras marcas, seguramente, porque nunca tuvo bandera en ese aspecto de su vida (ni en el aspecto político, hay que decirlo). Luego me decía, apolíticamente me repetía, desarraigadamente me convencía de que yo era un papel que caía apenas sostenido por el viento, y esa sola imagen transfigurada de mí mismo, convertido en una hoja blanca de ínfimo gramaje, me traía el sosiego necesario hasta que me daban media ración de esas pastillas Márex que tomaba mi hermana, otra asmática, más experta y consuetudinaria que yo.



     Y así me soñaba yo, fumando como papá, con esa actitud que bien podría llamar “don Enrique Bogart”, con ese aromático y asmático humo siguiéndome algún día por las aulas y pasillos universitarios, abandonándome desde la ventanilla del auto que alguna vez tendría, sentado en mi escritorio de intelectual o frente a un cuadro de mi taller de pintor, al levantarme por las mañanas antes de afeitar la barba que tendría por derecho genético, antes y después del desayuno, del almuerzo, del lonchecito, acompañando mis conversaciones de hombre adulto que tiene casa, esposa, auto, perro, anteojos y pelos en el cuerpo; arrullando a mi futuro hijo en la tibieza de esa fumata bianca que no anuncia un papa ni ninguna otra cosa perniciosa. Y es curioso que, aun con tantas imágenes estimulantes, no haya sido un fumador prematuro, como muchos de mis amigos que luego tuvieron una vida insalubre, pero exenta de nicotina y alquitrán. Fui más bien un fumador tardío, posero, de ésos hoy tan desprestigiados y confundidos fumadores universitarios que todavía pretenden conquistar a una regia y aeróbica doncella con aquello del pucho suspendido apenas entre dos labios laxos y despreocupados. Y es que en esos tiempos todavía funcionaba la cosa, porque, o fumaban ellas también, o desarrollaban con chicos como yo su complejo de Electra, pues los padres también les perfumaron la infancia con aroma de tabaco.

     Pero lo curioso es que mis primeros cigarrillos reales fueron solitarios, fueron consecutivos y fueron cinco. En una esquina del primer patio de Bellas Artes, cobijado del invierno por el calco fiel de la Pietá de Miguel Ángel, me fumé cinco Hamilton Light que me hicieron el efecto de -años después lo sabría- un pequeño falso de cocaína inhalado en seco. Por esos tiempos, yo era la cosa más pretenciosa, pedante y silenciosa, caminando por los claustros y patios coloniales que albergaba la Escuela. Me hacía el loquito, circulando por allí y hasta aventurándome por el jirón Áncash, la avenida Abancay, la Plaza de Armas, el Jirón de la Unión, la Plaza San Martín, con unos jeans hermosos y demasiado caros para los pigmentos y diluyentes de aprendiz que deliberadamente chorreaba sobre ellos. Entonces, con el cigarrillo y una adecuada forma de fumarlo ya estaba completo. Para eso me miraba mucho en el espejo. Echando humo por la boca sonriente o grave o apática o ruda o romántica o iracunda o apasionada, representaba ante mí mismo el papel del día; de artista, de amante o de poeta. Así de frívolo puede ser un artista joven. Y así de superficial y formalista, porque para mí, en esos inocentes años noventa, el fumar me aportaba misterio, profundidad, sabiduría y hasta inmortalidad. Y ahora que lo pienso tiene cierta lógica que la trascendencia venga con alguna adicción mortal a corto o a largo plazo, porque si uno quiere trascender, primero debe hacer algo notable, o por lo menos notorio, y luego debe morir.

     Algunos son más osados o más prácticos y se meten desde pasta básica hasta ketamina, pero para mí unos cigarritos eran un camino lento, seguro y placentero, hacia la muerte primero y hacia la inmortalidad después. Cuando me di cuenta de que lo único que me importaba era ser famoso fue demasiado tarde. Y es que la rectificación del rumbo, el retorno a la sencillez de los objetivos primigenios, de la vocación genuina, de la felicidad sin pretensión, se haría más difícil bajo el peso de una adicción que ya empezaba a ser vista por el mundo como eso, como una fea enfermedad maloliente y vulgar.

     Para terminar, diré que tuve mi primera gran oportunidad de dejar a tiempo el pucho cuando el paquetazo de Hurtado Miller. “Que Dios nos ayude”, dijo el gramputa, y al día siguiente un solo cigarrillo costaba lo que una cajetilla, o algo así. Pero yo seguí fumando nomás. A contracorriente del asma, a despecho de mi pecho cerrado y de mi billetera clausurada, a pesar de los dedos amarillos y de la resaca alcohólica elevada al cuadrado por acción de la nicotina, seguí haciéndome daño durante dos décadas por la fuerza de la inercia, porque la vieja vanidad se torna adicción, porque a todo se acostumbra uno y porque –ya, qué mierda- todo está escrito.

Juan Carlos Hurtado Miller: "Que Dios nos ayude"



     Hoy, desposeído de mis quince minutos de gloria artística, cuando mis entradas son ensenadas ganándole sitio a mi cabello, cuando mis amores me siguen, relativamente, amando a distancia prudencial, tengo la rara, apacible, dulce y penosa sensación de que, como dice Discepolo, no me han dejao ni el pucho en la oreja”. Tantán.


Montevideo, febrero del 2013




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