sábado, 25 de abril de 2015

ENTRE LA CEGUERA Y LA COJUDEZ



Cuando todo un contingente de policías abre con violencia las manos de un campesino para ponerle un arma que nunca portó ¿lo hace porque se le ocurre? Cuando un reportero gráfico capta en su cámara el preciso instante de la farsa ¿lo hace porque le parece correcto? Cuando un medio de prensa envía al mencionado reportero con ese fin específico ¿lo hace a cambio de nada?

Luego de que, hace más de una década, viéramos a Vladimiro Montesinos corromper a periodistas, dueños de medios de prensa, alcaldes, congresistas, cómicos, faranduleros y demás "líderes de opinión", muchos pensamos que, ante nuestra incapacidad de informarnos por medio de la lectura, las imágenes filmadas habían venido a salvarnos de la corrupción y la mentira. Ahora pienso que el efecto ha sido inverso. Dejar en dramática evidencia nuestra miseria como nación, lejos de hacernos ver la realidad, nos ha adormecido frente a la injusticia, ha normalizado la mentira y la corrupción, nos ha dejado ciegos frente a la infamia.

Acá todos saben cuando un alcalde se llena las manos de plata producto de las coimas, todos se dan cuenta cuando un ex presidente miente descaradamente al decir que tiene las manos y la conciencia limpia, todos tienen muy en claro que los principales objetivos de cierta candidata son sacar de la cárcel a su padre delincuente y acrecentar la fortuna familiar. Sobre todas estas cosas no hay sólo indicios, hay evidencias. Pero ¿de qué sirve que todas las investigaciones apunten a la cara de los culpables, si ni siquiera las imágenes son capaces de hacernos reaccionar?

El día que Alan García le metió una coz en el culo a Jesús Lora -un humilde hombre con algunos rasgos de retardo mental, treinta centímetros más bajo que aquél y cien kilos más liviano-, yo pensé que su carrera política por fin había terminado. Una vez más me equivoqué. Hoy el susodicho es nuevamente un candidato de fuerza.



Pero volviendo al campesino sembrado con un “arma punzocortante” en Islay ¿Servirá de algo la evidencia filmada para cuestionarnos sobre la realidad de la minería en el Perú? Conozco a gente respetable que piensa que dicho proyecto no tendrá un impacto nocivo sobre el agua y la agricultura de la zona, pero cuando uno ve los métodos que ellos utilizan para conseguir sus objetivos, lo más saludable es dudar, dudar mucho y tener presente la historia de la explotación minera -y de los trabajadores mineros- en el Perú. Claro, porque una cosa es carecer de memoria y otra muy distinta hacerse el cojudo.




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