Sueño bajo el sol de invierno
Pienso en el sabor amargo que transcurre por el cuerpo de la bombilla y, paradójicamente, es una sensación dulce la que me queda. Algo comparable a ese beso amanecido que correspondiste con la noticia de que me quedaba. Sin embargo me fui y he estado solo, chupándole el dulzor a la amargura, extrayéndole la ética al silencio y la estética al mismo papel en blanco de siempre (o a su gemelo sucedáneo), escuchando día tras días un idioma similar al tuyo en una voz que sabe a grapamiel. Entonces he repetido con cronometrada periodicidad el ritual del matrimonio en tu ausencia, y como un mimo he hervido el agua, he cebado el mate, he preparado una polenta desabrida que se queda abandonada en una terraza que sostiene una bandera distinta a la tuya. Y es que en mi bandera no hay un sol ni fragmentos de cielo, sólo un árbol que sangra sin saber que le duele, un animal que no es un gato, pero maúlla, y unas monedas oxidadas. Y te cuento que he prolongado este patriotismo impostado, sólo para apuntar con en el centro blanco de mi bandera al mismo astro que mirarás más tarde junto al Museo del Prado o a la Wiener Staatsoper. Perdonarás la cursilería, pero es así. Esta mañana no hay punto aparte. Mucho menos uno final, porque detesto la idea de despertar. Asoma la mitad dormida de mi retrato, pintado en el borde que delimita el bastidor. Tú, más allá del marco, sigues amamantando escondida el futuro de las artes escénicas. Allí, en ese espacio incierto donde radica la historia. Esto es, naturalmente, un manifiesto político. Bo.
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