jueves, 11 de junio de 2015

EL FÚTBOL COMO (INJUSTO) PRETEXTO PARA EL VACÍO

     


     “Thiago Silva sorprende con declaraciones sobre Perú”, dice el titular. En realidad, la noticia no interesa. Lo interesante es el titular y la tremenda farsa que esconde ¿Qué es lo que esta gente entiende por "sorprender"? Uno piensa que si el tipo hizo declaraciones que "sorprenden" debe haber dicho algo tonto o genial o polémico o muy, muy divertido... pero no. La cita esencial del artículo es "vamos a tardar un poquito en engranarnos en la Copa América 2015". O sea, una simple frase que podría decir, sincera o demagógicamente, cualquier futbolista, de cualquier lugar, antes de jugar cualquier campeonato. O sea que sorpresa, no hay.


    ¿O acaso sí la hay? Ortega y Gasset decía que “sorprenderse y maravillarse es comenzar a entender”. Pero ¿de qué nos sorprendemos los peruanos? ¿Nos sorprenden el abuso, la corrupción, la discriminación, la imbecilidad? ¿Nos maravilla la ciencia, la música, los fenómenos naturales, la belleza de un paisaje? Es como si para lo verdaderamente sorprendente no tuviéramos los sentidos abiertos y dispuestos. En una sociedad en la que un tipo con expansores en las orejas es poco menos que un alienígena, una muchacha con tatuajes está bajo sospecha de prostitución y una adolescente con mechones turquesa es candidata fija al manicomio, se entiende que cualquier idiotez resulte sorprendente. Nos sorprende Alan García diciendo –una vez más- que el que no la debe no la teme, o el Puma Carranza sentenciando que la U –agárrense con la primicia calentita- sigue siendo la U. Y está claro que son los propios medios -junto con las iglesias, los colegios, los hogares- quienes con sus normas atesoradas en compartimientos estancos, están creando a ese nuevo peruano cada vez más aletargado, vacío de experiencias y aislado de otras realidades. Porque son los otros, con sus costumbres distintas, con su idiosincrasia particular, con su acento, sus regionalismos, su manera de ver el mundo, quienes nos abren las puertas de lo verdaderamente sorprendente.

     Pero ¿qué tienen que ver los medios con este enclaustramiento? Pues, mucho. Porque es buenísimo viajar y conocer nuevos mundos, pero no es la única manera de vincular experiencias propias con ajenas, no es la única posibilidad –en consecuencia- que tenemos de sorprendernos ante semejanzas inverosímiles o diferencias que producen vértigo, no es la única forma -en conclusión- de fomentar el conocimiento en nuestras mentes y el entendimiento de quien nos es extraño, sin necesidad de ejercer el odioso empeño de tolerarlo.

      Desde niño siempre me gustó el fútbol. Leía relatos apasionantes sobre jornadas futbolísticas escritas por cronistas argentinos y españoles. En esos fascículos maravillosos que llegaban a  casa cada semana, conocí al mítico Obdulio Varela, capitán uruguayo en el mundial del cincuenta, acuñando una frase inmortal que alentaría a sus compañeros a enfrentar con coraje al monstruo de doscientas mil cabezas que era el Maracaná: “Los de afuera son de palo”, dijo el Negro Jefe, antes de que los once del “paisito” le ganaran a un Brasil que jugaba una barbaridad. De la misma manera conocí a la Naranja Mecánica holandesa revolucionando el juego con su “fútbol total”, heredado tres décadas después por el Barcelona de Messi; o a la rústica Alemania del cincuenta y cuatro tumbándose, a punta de garra y estrategia, a los exquisitos húngaros, invictos en más de treinta partidos.

      Esas historias, habitadas por mis héroes de pantalones cortos, me hacían volar desde la ventana de mi cuarto hacia el Río de la Plata y escuchar los mismos tangos que mi padre cantaba; pasar por Río de Janeiro y descubrir que el malecón en Ipanema tenía el mismo diseño que el de La Punta; acuatizar en el Mediterráneo y entender que los catalanes hablaban distinto que los madrileños; aparecer en Múnich, aprender a escribir München y a pronunciar “miunjen”. Por otra parte, pensaba que el haitiano que humilló a toda Inglaterra al meterle el gol con el que Estados Unidos le ganó en el mundial del cincuenta, o Matthias Sindelar, el judío austríaco que fue el primer supercrack del fútbol, o el propio Nene Cubillas, segundo goleador de dos mundiales, debían tener un poquito de Grau, Bolognesi o Alfonso Ugarte.

     Hoy las cosas son distintas. Ahora la información nos ataca desde todos los frentes, pero sus cañones más precisos nos bombardean con una carga de vacío, estupidez o mentira. Incluso la internet, este revolucionario espacio de resistencia virtual en el que podemos combatir los hedores de la alcantarilla en que se ha convertido la prensa tradicional, está salpicado de mierda: “Greysi mostró más de lo debido”, “Gisela se presentó con un vestido de infarto”, “polémicas declaraciones del loco Vargas remecen las redes sociales”, son los titulares a los que tarde o temprano, por arrechitos o chismosos, les daremos clic para luego darnos con esa nada hedionda. O con algún virus aleccionador como una fábula de Esopo.


Feliz Copa América. Chao.
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