“Thiago Silva sorprende con declaraciones sobre Perú”, dice el titular. En realidad, la noticia no interesa. Lo interesante es el titular y la tremenda farsa que esconde ¿Qué es lo que esta gente entiende por "sorprender"? Uno piensa que si el tipo hizo declaraciones que "sorprenden" debe haber dicho algo tonto o genial o polémico o muy, muy divertido... pero no. La cita esencial del artículo es "vamos a tardar un poquito en engranarnos en la Copa América 2015". O sea, una simple frase que podría decir, sincera o demagógicamente, cualquier futbolista, de cualquier lugar, antes de jugar cualquier campeonato. O sea que sorpresa, no hay.
¿O acaso sí la hay? Ortega y
Gasset decía que “sorprenderse y maravillarse es comenzar a entender”. Pero ¿de
qué nos sorprendemos los peruanos? ¿Nos sorprenden el abuso, la corrupción, la
discriminación, la imbecilidad? ¿Nos maravilla la ciencia, la música, los
fenómenos naturales, la belleza de un paisaje? Es como si para lo
verdaderamente sorprendente no tuviéramos los sentidos abiertos y dispuestos. En
una sociedad en la que un tipo con expansores en las orejas es poco menos que un
alienígena, una muchacha con tatuajes está bajo sospecha de prostitución y una
adolescente con mechones turquesa es candidata fija al manicomio, se entiende
que cualquier idiotez resulte sorprendente. Nos sorprende Alan García diciendo –una
vez más- que el que no la debe no la teme, o el Puma Carranza sentenciando que
la U –agárrense con la primicia calentita- sigue siendo la U. Y está claro que
son los propios medios -junto con las iglesias, los colegios, los hogares-
quienes con sus normas atesoradas en compartimientos estancos, están creando a
ese nuevo peruano cada vez más aletargado, vacío de experiencias y aislado de
otras realidades. Porque son los otros, con sus costumbres distintas, con su
idiosincrasia particular, con su acento, sus regionalismos, su manera de ver el
mundo, quienes nos abren las puertas de lo verdaderamente sorprendente.
Pero ¿qué tienen que ver los
medios con este enclaustramiento? Pues, mucho. Porque es buenísimo viajar y
conocer nuevos mundos, pero no es la única manera de vincular experiencias
propias con ajenas, no es la única posibilidad –en consecuencia- que tenemos de
sorprendernos ante semejanzas inverosímiles o diferencias que producen vértigo,
no es la única forma -en conclusión- de fomentar el conocimiento en nuestras
mentes y el entendimiento de quien nos es extraño, sin necesidad de ejercer el
odioso empeño de tolerarlo.
Desde niño siempre me gustó el
fútbol. Leía relatos apasionantes sobre jornadas futbolísticas escritas por
cronistas argentinos y españoles. En esos fascículos maravillosos que llegaban
a casa cada semana, conocí al mítico
Obdulio Varela, capitán uruguayo en el mundial del cincuenta, acuñando una
frase inmortal que alentaría a sus compañeros a enfrentar con coraje al
monstruo de doscientas mil cabezas que era el Maracaná: “Los de afuera son de
palo”, dijo el Negro Jefe, antes de que los once del “paisito” le ganaran a un
Brasil que jugaba una barbaridad. De la misma manera conocí a la Naranja
Mecánica holandesa revolucionando el juego con su “fútbol total”, heredado tres
décadas después por el Barcelona de Messi; o a la rústica Alemania del
cincuenta y cuatro tumbándose, a punta de garra y estrategia, a los exquisitos
húngaros, invictos en más de treinta partidos.
Esas historias, habitadas por mis
héroes de pantalones cortos, me hacían volar desde la ventana de mi cuarto hacia
el Río de la Plata y escuchar los mismos tangos que mi padre cantaba; pasar por
Río de Janeiro y descubrir que el malecón en Ipanema tenía el mismo diseño que
el de La Punta; acuatizar en el Mediterráneo y entender que los catalanes
hablaban distinto que los madrileños; aparecer en Múnich, aprender a escribir
München y a pronunciar “miunjen”. Por otra parte, pensaba que el haitiano que
humilló a toda Inglaterra al meterle el gol con el que Estados Unidos le ganó
en el mundial del cincuenta, o Matthias Sindelar, el judío austríaco que fue el
primer supercrack del fútbol, o el propio Nene Cubillas, segundo goleador de
dos mundiales, debían tener un poquito de Grau, Bolognesi o Alfonso Ugarte.
Hoy las cosas son distintas.
Ahora la información nos ataca desde todos los frentes, pero sus cañones más
precisos nos bombardean con una carga de vacío, estupidez o mentira. Incluso la
internet, este revolucionario espacio de resistencia virtual en el que podemos
combatir los hedores de la alcantarilla en que se ha convertido la prensa
tradicional, está salpicado de mierda: “Greysi mostró más de lo debido”, “Gisela
se presentó con un vestido de infarto”, “polémicas declaraciones del loco
Vargas remecen las redes sociales”, son los titulares a los que tarde o
temprano, por arrechitos o chismosos, les daremos clic para luego darnos con
esa nada hedionda. O con algún virus aleccionador como una fábula de Esopo.
Feliz Copa América. Chao.

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