miércoles, 10 de febrero de 2016

VERÓNIKA DECIDE REÍR

Imagen tomada de Perú.21
Mucho se ha criticado la falta de calle de Verónika Mendoza. Yo mismo, en algún momento, invocaba a los astros para que se decidiera a entrar a un taller de impro o de clown y que dejara de decir "a ver" antes de responder que Venezuela no es una dictadura. Pues bien, ahora pienso que ella no tiene que cambiar, sino que nosotros debemos entender que no necesitamos más payasos achorados en el poder y que tampoco necesitamos a un infeliz que nos represente o con el que nos identifiquemos, porque está claro que no nos gustamos, y que sería –o es- un despropósito elegir a alguien que replique la imagen que tenemos de nosotros mismos como sociedad.
Hace unos días, en el programa “Sin medias tintas”, Aldo Mariátegui recibió a Verónika Mendoza queriendo ser elegante y cagón a la vez. Uno puede ser irónico y elegante, pero no cagón y elegante; sin embargo, Mariátegui pensó que podía lograrlo. Con una bienvenida que él pretendía en francés, el tipo quería recordarle al país, que Verónika tiene pasaporte extranjero y así descalificarla moralmente para postular a la presidencia. Ella, con la elegancia de la naturalidad (ésa que dicen que no engancha con el pueblo), le respondió con bellísimas palabras quechuas que, por supuesto, Alditus comprende tan bien como el francés que intentó articular con la destreza lingüística de Julio Iglesias. Ella no contó un chiste, no lo ofendió, no necesito de una criollada para dejarlo como el trapeador de la clase dirigente que es. No. Ella sólo lo saludó en el idioma de sus ancestros por rama paterna y con eso no lo cagó –la gente decente no caga en público- sino que lo dejó en la misma mierda que ya habita, en ese espacio televisivo que, por derecho propio, ostenta un nombre que identifica a su equipo como seres sin matices, procaces, elementales, incontinentes frente a cualquier estímulo extraño. Y es que la ironía, la elegancia, la agudeza, la reflexión, circulan por una inmensa escala de grises, por una incuantificable gama de matices que le dan volumen, forma y, por lo tanto, sentido y sentidos a la vida. En los extremos que habita Mariátegui, en cambio, viven, encerrados en sus limitaciones la burla o la sobonería, la chacota o el drama, la mojigatería –encarnada en Mónica Delta- y la ramplonería.
Hace unas semanas, una amiga periodista, joven, decente y talentosa ella, comentaba con cacha que Verónika no crecía “porque los periodistas son malos”. En alguna medida comparto su humor -a pesar de que Verónika no se queja nunca-, porque siempre es un riesgo innecesario generalizar a la hora de hallar responsabilidades en el fracaso o el éxito de terceros. Pero lo que sí me queda claro es que el periodismo peruano como gremio, como ese cuarto poder del que se ufana ser, sí es malo y malísimo. Malo por su calidad y por sus aspiraciones (ahora sí generalizando), pero sobre todo por su mala entraña, por su achoramiento y su codicia. Y es que esa prensa poderosa, concentrada casi en su totalidad en un solo grupo económico, no sólo margina o violenta a candidatos como Verónika Mendoza, sino que limita sus cupos a periodistas serios y objetivos, y si los limita y no los excluye totalmente es porque hay un negocio tácito que yo resumiría en “tú me das la imagen de amplitud y diversidad de opiniones que me hace falta y yo te dejo escribir tus caviaradas”. Esto, claro, no les preocupa mucho cuando se trata de sus medios escritos, porque en el Perú la mayoría de gente no lee ni las figuritas que distinguen a los hombres de las mujeres en los baños, pero sí cuando se trata de la tele. Allí, estos periodistas honestos sólo cuentan con el cuestionable beneficio de ser invitados a un panel. Y es que, claro, Luis Davelouis les es útil porque es un tipo valioso y experimentado, pero cuando lo que importa es chancar a la mala y entre cinco a la joven y dulce Vero, escucho la voz de Lalo Archimbaud diciendo por los altavoces “Aaaatención, se prepara cambio…” , y allí entran delanteros tan torpes y extraños como el confundido y confuso Mijael “nosotroslosjóvenes” Garrido Lecca, para preguntar sin censura sin medida ni clemencia para consigo mismo, cosas que empiezan con frases como “si usted hubiera sido homosexual…”.
Afortunadamente, Verónika estuvo en una gran noche y creo que se despachó a los cinco con aplomo, humor y dignidad, mientras en el caso de Alditus y Mónica Cecilia Teresa, qué decir, pues, esta vez el crimen y el pandillaje no les pagó nada bien. Y aunque esto no determine un cambio importante en las encuestas, nos ha otorgado a muchos el derecho de reír por un par de días consecutivos.


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jueves, 8 de octubre de 2015

Nada más


Foto de Ligia Namuche (mi hermana)

Nada más tierno que las sandalias de un niño puestas una junto a la otra,
que la audacia aterrada de sus primeros pasos,
que la primera ausencia en su hilera de dientes,
que sus palabras nunca mal dichas sino malinterpretadas,
que su racional ateísmo,
que su cabeza grande,
que el recorrido escarpado y colorido de sus primeras letras,
que sus absurdos sueños ocultos bajo sus ojos cerrados,
que sus perfectas desafinaciones al cantar en lenguas extrañas,
que el sonido descarrilado de sus carcajadas,
que sus motivos esenciales de reír,
que su concentración profesional frente a un juguete nuevo,
que la sencillez de sus preguntas insólitas,
que su ansiedad por crecer sin dejar de ser niño,
que su existencia pertinaz y combativa dentro de la cárcel
de mi propia adultez.

Para Helena, Jakob, Eduardo y César Eduardo

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viernes, 7 de agosto de 2015

Sueño bajo el sol de invierno

Pienso en el sabor amargo que transcurre por el cuerpo de la bombilla y, paradójicamente, es una sensación dulce la que me queda. Algo comparable a ese beso amanecido que correspondiste con la noticia de que me quedaba. Sin embargo me fui y he estado solo, chupándole el dulzor a la amargura, extrayéndole la ética al silencio y la estética al mismo papel en blanco de siempre (o a su gemelo sucedáneo), escuchando día tras días un idioma similar al tuyo en una voz que sabe a grapamiel. Entonces he repetido con cronometrada periodicidad el ritual del matrimonio en tu ausencia, y como un mimo he hervido el agua, he cebado el mate, he preparado una polenta desabrida que se queda abandonada en una terraza que sostiene una bandera distinta a la tuya. Y es que en mi bandera no hay un sol ni fragmentos de cielo, sólo un árbol que sangra sin saber que le duele, un animal que no es un gato, pero maúlla, y unas monedas oxidadas. Y te cuento que he prolongado este patriotismo impostado, sólo para apuntar con en el centro blanco de mi bandera al mismo astro que mirarás más tarde junto al Museo del Prado o a la Wiener Staatsoper. Perdonarás la cursilería, pero es así. Esta mañana no hay punto aparte. Mucho menos uno final, porque detesto la idea de despertar. Asoma la mitad dormida de mi retrato, pintado en el borde que delimita el bastidor. Tú, más allá del marco, sigues amamantando escondida el futuro de las artes escénicas. Allí, en ese espacio incierto donde radica la historia. Esto es, naturalmente, un manifiesto político. Bo.



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miércoles, 1 de julio de 2015

SELECCIÓN PERUANA 2015: SI NO SE PUEDE EN COPA, ENTONCES EN VASO

     
Advíncula llora, Ramos le despeja el camino: Intervención sobre foto de AFP

     "Mediocre", decía un empleado de Ripley refiriéndose al máximo goleador extranjero en la historia de la Bundesliga. Él nunca había sido elegido empleado del mes en la sección camisas. "Pongamos todo en la cancha", decía un empleado de la Sunarp mientras acomodaba su Pomalca con Cola Real sobre la mesita de centro. Él nunca pudo meter un gol ni con el equipo de servicio de atención al cliente. “Ganamos, conchesumadre”, decías tú, gigantógrafo de Wilson. Bueno, ésa sí vale, porque aunque no sabes ni bailar el trompo, se comprende y felicita la empatía. A ver si la sacas también cuando perdemos.

     Ojalá la selección le gane a Paraguay y logre el tercer lugar. Hay gente que me escupe que con mi poca ambición no vamos a llegar a ningún lado. ¿Aló?, dijeron ”¿Vamos?”. Que yo sepa, ni ellos ni yo entramos a la cancha. Mucho achoramiento ya. Creer que hoy merecemos triunfazos históricos en algún deporte es poco sensato. En ciento veinte años de historia olímpica ganamos tres medallas. Dos de plata y una sola de oro. Una en vóley femenino y dos –hasta parece una cruel ironía de nuestra viciosa existencia- en tiro.

     En base a este minúsculo universo y a esta insignificante estadística, llegamos a la conclusión de que sólo el 33.3 % de nuestras medallas (o sea una) las ha logrado un deporte colectivo. Si vamos más allá del mundo olímpico, nos daremos cuenta de que nuestros campeones de lo que sea tienen nombre propio (Inés Melchor, Francisco Boza, Sofía Mulanovich, Julio Granda, Paola Mautino…) y no el de un equipo. Menos aun el de una federación.

     Pero esto no es casualidad. Es casi un cliché decir que las instituciones no funcionan en el país, pero siendo una sociedad tan predecible y básica, los clichés funcionan a la perfección. Desde el Estado hasta los organismos deportivos, pasando por la empresa privada, lo que nos gobierna es el egoísmo, la envidia y la ambición individual. Y los prejuicios y la ignorancia y la corrupción y la mala leche, claro.

     En esta selección peruana de fútbol pude vislumbrar una luz distinta. Y aunque estar entre los cuatro mejores no dé para celebrar, yo sí celebro. Apaciblemente, con una sonrisa y un pequeño suspiro de alivio, celebro. Me tomo un amable trago, porque tampoco es para empujarse la botella entera. Lo hago, aun a pesar de que en un par de días se podría conseguir un resultado inferior al que logramos en la edición anterior. Y es que, al margen de la derrota frente a Chile o la siempre posible caída frente a Paraguay, esta selección ha demostrado cosas distintas –para bien- con respecto a la del 2011. De esa eficiencia fugaz, de ese “ratoneo” que parecía imprescindible para lograr algo a espaldas de Manuel Burga y su corte de chupabolas, ahora nos encontramos con un equipo que se da tiempo para ir adelante aunque se quede con diez. No contentos con esa dosis de entrega y concentración, los chicos de Gareca nos han devuelto un poco de la alegría del fútbol de los setenta y parte de los ochenta. El segundo gol de Guerrero a Bolivia, gestado con los lujosísimos pases de Cueva y un taco semiacrobático de Farfán, cuenta no sólo del talento tanto tiempo oculto en procesos mezquinos y desnaturalizadores, sino de una alegría también aplacada por dirigentes corruptos y por una prensa que pasaba de la sobonería desmedida y el humo a la traición aplaudida por una hinchada tuerta y vociferante.

     Aunque no sabemos qué pasará luego con esta federación encabezada por Edwin Oviedo, si trabajará o no con honestidad y pensando en el beneficio común o la seguirá cagando, lo cierto es que la frescura que se siente luego de todos esos años enclaustrados en la necedad, la obstinación y la ambición de Burga, origina, por un ratito al menos, un profundo suspiro de paz. Eso parecen sentirlo con mayor intensidad los propios jugadores, seguros hoy de sí mismos y respaldados por un entrenador sobrio, inteligente y con una evidente capacidad para comprender la mente explosiva y desordenada de nuestros peloteros.

     Ojalá que estemos yendo realmente en esta dirección y que no sólo la sigamos en el fútbol, sino también –aunque esto ya suene a los idílicos años verdes del tío Rossini- en todos los deportes individuales y colectivos, en la empresa pública y en la privada, en nuestra vida social y política, porque si seguimos serruchándonos el piso, si seguimos empolvándonos, disforzados, el ombligo; si continuamos alimentando con nuestras miserias el rencor de quien luego nos apuñalará por la espalda, nuestra única salida será seguir solos, antes que mal acompañados.
Entonces, salud, pues, en vaso nomás, si no se puede en copa. Salud, y como dicen en las peñas habaneras: “Que haya salud, porque belleza sobra”. Sólo hay que dejarla surgir.



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jueves, 11 de junio de 2015

EL FÚTBOL COMO (INJUSTO) PRETEXTO PARA EL VACÍO

     


     “Thiago Silva sorprende con declaraciones sobre Perú”, dice el titular. En realidad, la noticia no interesa. Lo interesante es el titular y la tremenda farsa que esconde ¿Qué es lo que esta gente entiende por "sorprender"? Uno piensa que si el tipo hizo declaraciones que "sorprenden" debe haber dicho algo tonto o genial o polémico o muy, muy divertido... pero no. La cita esencial del artículo es "vamos a tardar un poquito en engranarnos en la Copa América 2015". O sea, una simple frase que podría decir, sincera o demagógicamente, cualquier futbolista, de cualquier lugar, antes de jugar cualquier campeonato. O sea que sorpresa, no hay.


    ¿O acaso sí la hay? Ortega y Gasset decía que “sorprenderse y maravillarse es comenzar a entender”. Pero ¿de qué nos sorprendemos los peruanos? ¿Nos sorprenden el abuso, la corrupción, la discriminación, la imbecilidad? ¿Nos maravilla la ciencia, la música, los fenómenos naturales, la belleza de un paisaje? Es como si para lo verdaderamente sorprendente no tuviéramos los sentidos abiertos y dispuestos. En una sociedad en la que un tipo con expansores en las orejas es poco menos que un alienígena, una muchacha con tatuajes está bajo sospecha de prostitución y una adolescente con mechones turquesa es candidata fija al manicomio, se entiende que cualquier idiotez resulte sorprendente. Nos sorprende Alan García diciendo –una vez más- que el que no la debe no la teme, o el Puma Carranza sentenciando que la U –agárrense con la primicia calentita- sigue siendo la U. Y está claro que son los propios medios -junto con las iglesias, los colegios, los hogares- quienes con sus normas atesoradas en compartimientos estancos, están creando a ese nuevo peruano cada vez más aletargado, vacío de experiencias y aislado de otras realidades. Porque son los otros, con sus costumbres distintas, con su idiosincrasia particular, con su acento, sus regionalismos, su manera de ver el mundo, quienes nos abren las puertas de lo verdaderamente sorprendente.

     Pero ¿qué tienen que ver los medios con este enclaustramiento? Pues, mucho. Porque es buenísimo viajar y conocer nuevos mundos, pero no es la única manera de vincular experiencias propias con ajenas, no es la única posibilidad –en consecuencia- que tenemos de sorprendernos ante semejanzas inverosímiles o diferencias que producen vértigo, no es la única forma -en conclusión- de fomentar el conocimiento en nuestras mentes y el entendimiento de quien nos es extraño, sin necesidad de ejercer el odioso empeño de tolerarlo.

      Desde niño siempre me gustó el fútbol. Leía relatos apasionantes sobre jornadas futbolísticas escritas por cronistas argentinos y españoles. En esos fascículos maravillosos que llegaban a  casa cada semana, conocí al mítico Obdulio Varela, capitán uruguayo en el mundial del cincuenta, acuñando una frase inmortal que alentaría a sus compañeros a enfrentar con coraje al monstruo de doscientas mil cabezas que era el Maracaná: “Los de afuera son de palo”, dijo el Negro Jefe, antes de que los once del “paisito” le ganaran a un Brasil que jugaba una barbaridad. De la misma manera conocí a la Naranja Mecánica holandesa revolucionando el juego con su “fútbol total”, heredado tres décadas después por el Barcelona de Messi; o a la rústica Alemania del cincuenta y cuatro tumbándose, a punta de garra y estrategia, a los exquisitos húngaros, invictos en más de treinta partidos.

      Esas historias, habitadas por mis héroes de pantalones cortos, me hacían volar desde la ventana de mi cuarto hacia el Río de la Plata y escuchar los mismos tangos que mi padre cantaba; pasar por Río de Janeiro y descubrir que el malecón en Ipanema tenía el mismo diseño que el de La Punta; acuatizar en el Mediterráneo y entender que los catalanes hablaban distinto que los madrileños; aparecer en Múnich, aprender a escribir München y a pronunciar “miunjen”. Por otra parte, pensaba que el haitiano que humilló a toda Inglaterra al meterle el gol con el que Estados Unidos le ganó en el mundial del cincuenta, o Matthias Sindelar, el judío austríaco que fue el primer supercrack del fútbol, o el propio Nene Cubillas, segundo goleador de dos mundiales, debían tener un poquito de Grau, Bolognesi o Alfonso Ugarte.

     Hoy las cosas son distintas. Ahora la información nos ataca desde todos los frentes, pero sus cañones más precisos nos bombardean con una carga de vacío, estupidez o mentira. Incluso la internet, este revolucionario espacio de resistencia virtual en el que podemos combatir los hedores de la alcantarilla en que se ha convertido la prensa tradicional, está salpicado de mierda: “Greysi mostró más de lo debido”, “Gisela se presentó con un vestido de infarto”, “polémicas declaraciones del loco Vargas remecen las redes sociales”, son los titulares a los que tarde o temprano, por arrechitos o chismosos, les daremos clic para luego darnos con esa nada hedionda. O con algún virus aleccionador como una fábula de Esopo.


Feliz Copa América. Chao.
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viernes, 5 de junio de 2015

CLARO: EMPRESA PRIVADA MIS POLAINAS




¿Cuánta gente ha sido estafada con tarjetas fantasma o cobros indebidos por empresas como Saga Falabella o Ripley? ¿No les llegó alguna vez un volante en el que Movistar ofrecía paquetes de cable muy beneficiosos y cuando se los iban a instalar les dieron un precio más alto y menos canales de los que anunciaron? ¿No les pasó que fueron a tiendas Metro para beneficiarse de su 3x2 y cuando se les ocurrió inquirir a la cajera descubrieron que sus ofertas –aún a la vista, gigantescas-  ya no estaban vigentes desde hacía tres días? ¿Y cada vez que los medios de comunicación les mienten –día tras día, día tras día- o les ofrecen programas abiertamente embrutecedores –mes tras mes, año tras año- no los están estafando?

En mi aventura de seis meses con Claro TV, tuve muchos problemas que no enumeraré porque sería como lloriquear por los malos tratos de una novia traicionera. Es más, creo que fui digno y lúcido al dejar a una empresa que no es capaz de acudir cuando necesitas que solucione lo que está haciendo pésimo. Sin embargo, cuando creí que todo había terminado, empezaron a llamarme para decirme que tenía deudas pendientes. Primero, un infeliz me llamó para decirme que yo había roto mi contrato un mes antes de lo estipulado y que debía pagar una multa. Según él, mi romance con Claro TV había empezado a finales de octubre, pero según la realidad, corroborada por papeles que yo tengo en mi poder, mi contrato se inició a finales de septiembre. Las llamadas siguieron, porque el animal este –para mí era el mismo, uno que he visualizado mentalmente con cara de idiota, rulos y anteojos hipster- insistía en que le llegaba al huevo que yo tuviera documentos, porque lo que valía era lo que aparecía en su puto sistema. Un día que le dije “dejen de acosarme, por el amor de Alá”, el tipo me contestó “ya, disculpe, ya no lo vamos a acosar, señor”. Pero si bien las bromas que yo le hacía al hipster eran liberadoras, ya empezó a ser frustrante -de tan inútil- el que las amables chicas de atención al cliente me dijeran que todo estaba en regla, señor, usted ya no es nuestro cliente y no tiene deudas con dios, con la patria o los santos evangelios. Ni siquiera con Claro, claro, claro.

Durante un tiempo dejaron de llamarme y creí que podía dormir tranquilo. Incauto, noble, puro, casto y huevón yo. Ayer me volvió a llamar el hipster crespo telefonista burócrata de Claro a contarme una nueva historia (tiene que ser el mismo de siempre). “¿Con César Namuche?”, me dijo achorado la mierda ésa. “¿Con el señor qué?”, lo baje yo. Y siguió: “Sí, señor Namuche, lo llamo para comunicarle que tiene una deuda de veinte soles”. Ja. La novedad con la que me salió el tarambana fue que mi contrato había sido deshecho el 17 de abril ¿Pueden creerlo? La versión de que lo había roto antes de tiempo desapareció, y ahora resulta que lo rompí después de tiempo y que debo pagar VEINTE SOLES. Veinte soles que, sumados a los de miles de cojudos inducidos como yo, suman millones, así, facilito nomás.

Cuando llamé para quejarme por última vez, una chica nerviosa me dio un código para que ellos pudieran consumar su robo. Le exigí que me dijera que si el código era para robarme. Se negó a aceptarlo. Pobre niña.


Por mi parte, he decidido que voy a pedir mi teléfono verde agua a la CPT, voy a comprar azúcar en Súper Epsa y voy a ver mis clases de quechua en Radio Televisión Peruana Canal Siete. Y tú ¿sigues creyendo que la empresa privada es una maravilla?

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miércoles, 6 de mayo de 2015

Barcelona vs Bayern: La epifanía de Messi


Lo que ha hecho Messi faltando doce minutos para acabar el partido no ha sido salvar a su equipo. Eso lo hace cualquier jugador talentoso en una tarde gloriosa. Lo que ha hecho Messi ha sido poner en crisis a dos cucos feos y malos: Uno, el Bayern, que tenía al Barcelona de hijo hacía bastante rato, y dos, Neuer, ese gigante arquero que le gana la moral a cualquiera con su tamaño y su alcance, con sus salidas suicidas y con sus encares. De hecho, quedó claro que Neuer le ganó la moral a Suárez, el mejor delantero del mundo, porque cuando un crack tan preciso e implacable como él la manda a la tribuna tras quedar a tiro de gol, es porque el arquero que tenía delante ya lo sometió mentalmente.
Y también parecía haber hecho lo mismo con Messi, pero este tipo, que parece vivir al margen de las pasiones humanas, tiene siempre algo más. Él es perfectamente capaz de transformar su estrategia personal y el partido completo en el momento más complicado, cuando el tiempo parece correr más rápido, faltando tan poquito. Primero, tras un quiebre elegantísimo, hizo que el arco le quedara infinito al propio Neuer, y dio la sensación de que éste nunca hubiera podido llegar, porque sacó el latigazo más violento y rasante sin avisar, sin dejar como señal una expresión en el rostro, un mechón agitado de su pelo. Y luego con una vaselina colocada también un centímetro más allá de las posibilidades físicas del arquero, luego de una serie de regates perfectos, con la bola pegadita al pie y con una rapidez sin aspavientos.
El tres a cero puesto por Neymar estuvo bueno también, pero la puerta ya la había abierto Messi, un incomparable de la historia del fútbol.
Para mí, el Bayern está KO.

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