domingo, 19 de abril de 2015

SOBRE LAS MUJERES QUE PUEDEN ACABAR UN TALLARÍN TAIPÁ Y LAS QUE NO



Vania Bludau y Sophie Calle intervenidas y revueltas
Existe una frontera infranqueable entre la mujer de televisión y la que camina por las calles. La mujer hermosa de la vida diaria ya no lo es tanto si tiene una cámara delante y aparece en nuestras pantallas. A esta última no le bastan -o no le sirven- cosas tan devaluadas como el encanto natural, la inteligencia, el talento, la clase. La chica guapa que vemos subiendo a una combi o comprando puchos en la bodega, puede convertirse en una bruja soporífera si aparece junto a Miss Perú Mundo diciendo que un archipiélago no es un mamífero volador, sino un conjunto de islas. Incluso la “madrecita sagrada más hermosa del mundo”, la mártir irreprochable y abnegada de la vida diaria, la que parió con dolor heroico y sacó adelante a sus hijos, la que fue esposa fiel y que tiene un lugar ganado en el cielo, se convierte en una vieja de mierda si el contexto no es la edición especial del programa de Chibolín por el día de la madre. La mujer televisada podría ser brillante, culta, noble y capaz, siempre y cuando no se le note. De otro lado, si para algún noticiero se necesita una mujer con una imagen seria y creíble, se busca a una que sólo sea eso, una imagen, una suerte de Mónica Delta que pueda mentir y decir obviedades con la fría sobriedad de un refrigerador. Unos anteojos la ayudarán bastante.

Anoche salí a comer y tomar unos tragos con mi amiga Greta. Ella es una mujer de estos tiempos; una chica moderna que estudió y que ahora trabaja y disfruta. Tiene un celular considerado pero activo a su lado, al tiempo que conversa sobre el mundo, comparte conmigo un obsceno tallarín taipá y se toma unos chilcanos. Habla sin pretensiones ni represiones sobre la vida y sobre su vida, y es, en resumen, una excelente compañía. Ayer hablábamos, entre otras cosas, sobre el intercambio de roles entre el hombre y la mujer. Ella relataba en primera persona la historia de una jovencita que consigue liberarse de un tipo bastante mayor que pretendía someterla psicológicamente. Yo, por mi parte, confesaba mi  ya superada manía de ovillarme como un feto paracas para llorar al amor perdido, en un rincón visible de una habitación no tan oscura. Cada quien hablaba distendido sobre las carencias y virtudes de ambos géneros a través de sí mismo. Queda claro que ninguno de los dos, en nuestras abismales diferencias generacionales, afectivas, profesionales, serviríamos para la tele.

Aunque acá el tema es la mujer, es inevitable la mención a mi género. Si no existiera el hombre, la mujer sería simplemente el “ser humano”. Una perogrullada, claro, pero que viene al caso. Y es que es el hombre quien aún maniata y condiciona a la mujer en su papel de vedette voluptuosa, de diva glamorosa, de adorno semi inanimado, de puta, de esposa, de madre tiranizada, de suegra tirana o de amante. No es sólo la televisión la que exige un papel restringido y mediocre, es también el hombre quien construye un mecano con las mujeres que lo rodean. O un staff demasiado costoso que realiza sus actividades en la oficina, en un hostal bien caleta, en el night club, en la cocina, en la televisión, en el hogar que creyó construir. Una estupidez y un desperdicio de recursos monetarios y psicológicos. Y no es que crea que en la vida de un hombre deba haber una sola mujer, es sólo que las muchas que nos rodean ocupan su propio lugar en la vida y no tendrían que estar a nuestro servicio. Nunca.

Si todas las mujeres fueran como Greta, es decir, si no tuvieran que interpretar un papel que requiere de histrionismo extremo, maquillaje, tintes para el pelo, dietas, cirugías, liposucciones, dependiendo de la agenda de un director opresivo, el hombre tendría la posibilidad de disfrutar de ellas en cualquiera de sus edades y en la compleja amplitud de sus mentes. Los estereotipos femeninos, que nosotros mismos creamos, hacen de nuestra vida un espacio predecible y lleno de frustración. Vivimos ansiosos y queremos algo que ni siquiera somos capaces de vislumbrar. Ya no nos cabe en la cabeza el que la madre que cocina un ollón de arroz con pato pueda haber tenido deliciosas perversiones y sofisticadas parafilias; no concebimos que la arquitecta que va a su estudio vestida de sastre suela jugar fútbol con su hijo en el parque los domingos; no nos permitimos la idea de que la despampanante muchacha que baila en un night club salga con zapatillas en sus días libres para sacar fotografías de la ciudad.

Hoy, de vez en cuando, chequeo en Facebook las fotos actuales de mis viejas amigas y de las mujeres que amé (no me jodan, todos lo hacemos). Por alguna razón, todas me gustaron de una o varias maneras. Físicamente, quiero decir. Aunque en determinado momento debo haber dejado de querer un poco a una que otra, todas me siguen pareciendo lindas. A algunas se les extravió la cintura imposible en unos rollos perfectamente humanos; otras –o las mismas- perdieron el cutis de durazno y dibujaron marcadas líneas de expresión a punta de sonrisas y pena; unas sofisticaron su actitud y otras más se volvieron sencillas. Las menos, no sé cómo, están -o parecen- intactas. Pero mis gustos también se movilizaron con el tiempo, ampliaron su dominio, y sucede que encuentro seductores ciertos niveles de gordura, algunas arrugas, la posibilidad de un humor corporal distinto, la inexorabilidad de la celulitis. Y es que mi vida sería un páramo si siguiera buscando lo mismo ¿Con qué derecho tendría que buscar lo mismo si el espejo me dice que yo también envejecí?


 Ayer Greta pidió una Inca Kola de 400 ml tradicional y yo una igualita, pero “zero”. “Ya estoy terminando el primer tiempo”, le dije para justificarme. Tampoco creo que sea necesario dejar crecer mi panza y desarrollar tetas, pero pude comer sin culpas mi parte de tallarín taipá. En un momento miré en el espejo del baño algunas marcas en mi cara y, recién hoy, ya recuperado de esos chilcanos extradulces, puedo reafirmarme en que estoy a gusto con lo que soy. Es lo que hay, pues. Gracias a estos momentos de lucidez y honestidad puedo mirar a la mujer en todos sus matices con absoluto placer. Ninguna es perfecta. Yo tampoco.

El taipá retratado por Greta



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9 comentarios:

  1. Un placer leer tus líneas. Logras que la mujer que las lea quiera simplemente ser ella misma. :)

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    1. Gracias, Rubi... bueno, no niego que me gusta cuando distribuyen toques del mismo color en sus uñas, en el borde de su cartera, en los aretes; cuando se maquillan y lo disfrutan, cuando se ponen la mejor lencería sabiendo que volverán a casa temprano... ese sentido de lo estético a veces tan divertido es parte de ustedes... la cosa es que no formen parte de un circo, eso nunca fue justo.

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  2. Aún tengo la piel de durazno, no tengo celulitis pero sí se me perdió la cintura, ¡Qué genial César! <3... y ese tallarín dónde lo comieron porque se ve de excelenteeeeeee.

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