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| Vania Bludau y Sophie Calle intervenidas y revueltas |
Existe una frontera infranqueable
entre la mujer de televisión y la que camina por las calles. La mujer hermosa
de la vida diaria ya no lo es tanto si tiene una cámara delante y aparece en
nuestras pantallas. A esta última no le bastan -o no le sirven- cosas tan
devaluadas como el encanto natural, la inteligencia, el talento, la clase. La
chica guapa que vemos subiendo a una combi o comprando puchos en la bodega,
puede convertirse en una bruja soporífera si aparece junto a Miss Perú Mundo
diciendo que un archipiélago no es un mamífero volador, sino un conjunto de
islas. Incluso la “madrecita sagrada más hermosa del mundo”, la mártir
irreprochable y abnegada de la vida diaria, la que parió con dolor heroico y
sacó adelante a sus hijos, la que fue esposa fiel y que tiene un lugar ganado
en el cielo, se convierte en una vieja de mierda si el contexto no es la
edición especial del programa de Chibolín por el día de la madre. La mujer
televisada podría ser brillante, culta, noble y capaz, siempre y cuando no se
le note. De otro lado, si para algún noticiero se necesita una mujer con una
imagen seria y creíble, se busca a una que sólo sea eso, una imagen, una suerte
de Mónica Delta que pueda mentir y decir obviedades con la fría sobriedad de un
refrigerador. Unos anteojos la ayudarán bastante.
Anoche salí a comer y tomar unos
tragos con mi amiga Greta. Ella es una mujer de estos tiempos; una chica
moderna que estudió y que ahora trabaja y disfruta. Tiene un celular
considerado pero activo a su lado, al tiempo que conversa sobre el mundo, comparte conmigo un obsceno tallarín taipá y se toma unos chilcanos. Habla sin pretensiones ni
represiones sobre la vida y sobre su vida, y es, en resumen, una excelente
compañía. Ayer hablábamos, entre otras cosas, sobre el intercambio de roles
entre el hombre y la mujer. Ella relataba en primera persona la historia de una
jovencita que consigue liberarse de un tipo bastante mayor que pretendía
someterla psicológicamente. Yo, por mi parte, confesaba mi ya superada manía de ovillarme como un feto
paracas para llorar al amor perdido, en un rincón visible de una habitación no
tan oscura. Cada quien hablaba distendido sobre las carencias y virtudes de ambos
géneros a través de sí mismo. Queda claro que ninguno de los dos, en nuestras
abismales diferencias generacionales, afectivas, profesionales, serviríamos
para la tele.
Aunque acá el tema es la mujer,
es inevitable la mención a mi género. Si no existiera el hombre, la mujer sería
simplemente el “ser humano”. Una perogrullada, claro, pero que viene al caso. Y
es que es el hombre quien aún maniata y condiciona a la mujer en su papel de vedette
voluptuosa, de diva glamorosa, de adorno semi inanimado, de puta, de esposa, de
madre tiranizada, de suegra tirana o de amante. No es sólo la televisión la que
exige un papel restringido y mediocre, es también el hombre quien construye un
mecano con las mujeres que lo rodean. O un staff demasiado costoso que realiza
sus actividades en la oficina, en un hostal bien caleta, en el night club, en
la cocina, en la televisión, en el hogar que creyó construir. Una estupidez y
un desperdicio de recursos monetarios y psicológicos. Y no es que crea que en la
vida de un hombre deba haber una sola mujer, es sólo que las muchas que nos
rodean ocupan su propio lugar en la vida y no tendrían que estar a nuestro
servicio. Nunca.
Si todas las mujeres fueran como
Greta, es decir, si no tuvieran que interpretar un papel que requiere de
histrionismo extremo, maquillaje, tintes para el pelo, dietas, cirugías,
liposucciones, dependiendo de la agenda de un director opresivo, el hombre
tendría la posibilidad de disfrutar de ellas en cualquiera de sus edades y en
la compleja amplitud de sus mentes. Los estereotipos femeninos, que nosotros
mismos creamos, hacen de nuestra vida un espacio predecible y lleno de frustración.
Vivimos ansiosos y queremos algo que ni siquiera somos capaces de vislumbrar. Ya
no nos cabe en la cabeza el que la madre que cocina un ollón de arroz con pato
pueda haber tenido deliciosas perversiones y sofisticadas parafilias; no
concebimos que la arquitecta que va a su estudio vestida de sastre suela jugar
fútbol con su hijo en el parque los domingos; no nos permitimos la idea de que
la despampanante muchacha que baila en un night club salga con zapatillas en
sus días libres para sacar fotografías de la ciudad.
Hoy, de vez en cuando, chequeo en
Facebook las fotos actuales de mis viejas amigas y de las mujeres que amé (no
me jodan, todos lo hacemos). Por alguna razón, todas me gustaron de una o
varias maneras. Físicamente, quiero decir. Aunque en determinado momento debo haber dejado de querer un poco a una que otra, todas me siguen pareciendo lindas. A algunas se les
extravió la cintura imposible en unos rollos perfectamente humanos; otras –o las
mismas- perdieron el cutis de durazno y dibujaron marcadas líneas de expresión a
punta de sonrisas y pena; unas sofisticaron su actitud y otras más se volvieron sencillas. Las menos, no sé cómo, están -o parecen- intactas. Pero mis gustos también
se movilizaron con el tiempo, ampliaron su dominio, y sucede que encuentro
seductores ciertos niveles de gordura, algunas arrugas, la posibilidad de un
humor corporal distinto, la inexorabilidad de la celulitis. Y es que mi vida
sería un páramo si siguiera buscando lo mismo ¿Con qué derecho tendría que
buscar lo mismo si el espejo me dice que yo también envejecí?
Ayer Greta pidió una Inca Kola de 400 ml tradicional
y yo una igualita, pero “zero”. “Ya estoy terminando el primer tiempo”, le dije
para justificarme. Tampoco creo que sea necesario dejar crecer mi panza y desarrollar
tetas, pero pude comer sin culpas mi parte de tallarín taipá. En un momento miré
en el espejo del baño algunas marcas en mi cara y, recién hoy, ya recuperado de
esos chilcanos extradulces, puedo reafirmarme en que estoy a gusto con lo que
soy. Es lo que hay, pues. Gracias a estos momentos de lucidez y honestidad puedo mirar a la mujer en
todos sus matices con absoluto placer. Ninguna es perfecta. Yo tampoco.
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| El taipá retratado por Greta |


delicioso leerte....jojoy
ResponderEliminarGracias, Maritza del Perú.
EliminarCesar <3
ResponderEliminarGaby menor que tres también para ti, Gaby querida.
EliminarUn placer leer tus líneas. Logras que la mujer que las lea quiera simplemente ser ella misma. :)
ResponderEliminarGracias, Rubi... bueno, no niego que me gusta cuando distribuyen toques del mismo color en sus uñas, en el borde de su cartera, en los aretes; cuando se maquillan y lo disfrutan, cuando se ponen la mejor lencería sabiendo que volverán a casa temprano... ese sentido de lo estético a veces tan divertido es parte de ustedes... la cosa es que no formen parte de un circo, eso nunca fue justo.
EliminarAún tengo la piel de durazno, no tengo celulitis pero sí se me perdió la cintura, ¡Qué genial César! <3... y ese tallarín dónde lo comieron porque se ve de excelenteeeeeee.
ResponderEliminarEs un chifa de Ica, el mejor. Chiquitamote... no te saco ¿quién eres?
EliminarVanessa! Te descubrí!
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