viernes, 5 de junio de 2015

CLARO: EMPRESA PRIVADA MIS POLAINAS




¿Cuánta gente ha sido estafada con tarjetas fantasma o cobros indebidos por empresas como Saga Falabella o Ripley? ¿No les llegó alguna vez un volante en el que Movistar ofrecía paquetes de cable muy beneficiosos y cuando se los iban a instalar les dieron un precio más alto y menos canales de los que anunciaron? ¿No les pasó que fueron a tiendas Metro para beneficiarse de su 3x2 y cuando se les ocurrió inquirir a la cajera descubrieron que sus ofertas –aún a la vista, gigantescas-  ya no estaban vigentes desde hacía tres días? ¿Y cada vez que los medios de comunicación les mienten –día tras día, día tras día- o les ofrecen programas abiertamente embrutecedores –mes tras mes, año tras año- no los están estafando?

En mi aventura de seis meses con Claro TV, tuve muchos problemas que no enumeraré porque sería como lloriquear por los malos tratos de una novia traicionera. Es más, creo que fui digno y lúcido al dejar a una empresa que no es capaz de acudir cuando necesitas que solucione lo que está haciendo pésimo. Sin embargo, cuando creí que todo había terminado, empezaron a llamarme para decirme que tenía deudas pendientes. Primero, un infeliz me llamó para decirme que yo había roto mi contrato un mes antes de lo estipulado y que debía pagar una multa. Según él, mi romance con Claro TV había empezado a finales de octubre, pero según la realidad, corroborada por papeles que yo tengo en mi poder, mi contrato se inició a finales de septiembre. Las llamadas siguieron, porque el animal este –para mí era el mismo, uno que he visualizado mentalmente con cara de idiota, rulos y anteojos hipster- insistía en que le llegaba al huevo que yo tuviera documentos, porque lo que valía era lo que aparecía en su puto sistema. Un día que le dije “dejen de acosarme, por el amor de Alá”, el tipo me contestó “ya, disculpe, ya no lo vamos a acosar, señor”. Pero si bien las bromas que yo le hacía al hipster eran liberadoras, ya empezó a ser frustrante -de tan inútil- el que las amables chicas de atención al cliente me dijeran que todo estaba en regla, señor, usted ya no es nuestro cliente y no tiene deudas con dios, con la patria o los santos evangelios. Ni siquiera con Claro, claro, claro.

Durante un tiempo dejaron de llamarme y creí que podía dormir tranquilo. Incauto, noble, puro, casto y huevón yo. Ayer me volvió a llamar el hipster crespo telefonista burócrata de Claro a contarme una nueva historia (tiene que ser el mismo de siempre). “¿Con César Namuche?”, me dijo achorado la mierda ésa. “¿Con el señor qué?”, lo baje yo. Y siguió: “Sí, señor Namuche, lo llamo para comunicarle que tiene una deuda de veinte soles”. Ja. La novedad con la que me salió el tarambana fue que mi contrato había sido deshecho el 17 de abril ¿Pueden creerlo? La versión de que lo había roto antes de tiempo desapareció, y ahora resulta que lo rompí después de tiempo y que debo pagar VEINTE SOLES. Veinte soles que, sumados a los de miles de cojudos inducidos como yo, suman millones, así, facilito nomás.

Cuando llamé para quejarme por última vez, una chica nerviosa me dio un código para que ellos pudieran consumar su robo. Le exigí que me dijera que si el código era para robarme. Se negó a aceptarlo. Pobre niña.


Por mi parte, he decidido que voy a pedir mi teléfono verde agua a la CPT, voy a comprar azúcar en Súper Epsa y voy a ver mis clases de quechua en Radio Televisión Peruana Canal Siete. Y tú ¿sigues creyendo que la empresa privada es una maravilla?

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