sábado, 28 de marzo de 2015

Televisión peruana: Entre cucarachas de criadero y comida para buitres




"Yo hago lo que me dicen"

En una entrevista hecha por Perú.21, Adolfo Aguilar, ese chirriante y odioso conductor de televisión no deja lugar a descargos. A los suyos, quiero decir. A la pregunta de si no le parece extremo haber hecho comer cucarachas a una adolescente a cambio de un viaje a Cancún, él responde: “Esto no me parece nada grave. Creo que el programa va bien…”. Más adelante, como para que haga un deslinde con respecto a otro de los pináculos de la mierda televisiva en el Perú, le preguntan si lo que acaba de hacer no es comparable al momento en que Laura Bozzo retó a una “panelista” a lamerle las axilas a un hombre transpirado. Aguilar, con la frialdad de un electrodoméstico contesta: “Eso fue hace más de diez años, que se olviden de Laura Bozzo, que la dejen tranquila...”. Finalmente, y para cerrar con coherencia y aplomo la entrevista, se despacha otra pregunta, ya no importa cuál, y luego se repregunta él solito, como para delinear con resaltador luminoso su filosofía de vida: “¿Si eliminarán dicho reto? No lo sé, porque yo no lo decido. La producción decide qué va o no va. Yo hago lo que me dicen”.

El cuestionario de Perú.21 fue breve. Casi todo lo dicho por Aguilar está reproducido líneas arriba. Si el diario omitió pasajes de la entrevista, da lo mismo. En cada una de sus frases, el conductor se mantiene como una roca. Para él todo está bien. Tan bien, que ni siquiera ha querido aclarar tardíamente -como sí lo hizo su compañero Jesús Alzamora, algo menos categórico y tonto que él- que las cucarachas que se le ofrecieron a la adolescente eran de criadero, comestibles, e incluso tremendamente nutritivas. Le faltó decir que estaban riquísimas, pero no creo que las haya probado. Es decir, a diferencia de Alzamora, Aguilar quiso mantener el morbo hasta las últimas consecuencias. A él no le importaba que un ejército de adolescentes, intrépidos e idiotas por naturaleza, inventaran el juego de reemplazar papitas al hilo por cucarachas de desagüe.

Pero la gravedad del asunto no se limita a haber puesto en riesgo la salud de nuestros alocados pulpines y de no pocos idiotizados adultos. Jesús Alzamora explica que cometieron un error, uno solo y casi deleznable, al no aclarar el punto de que los bichos eran comestibles. Pero se equivoca. Haber callado eso suponía la intención deliberada de enrostrarnos que esa niña había hecho bajo presión algo humillante y repulsivo por un bien material. Terrible ¿no?

Nadie duda de que la televisión es entretenimiento, pero ¿es acaso necesario convertir el entretenimiento en humillación? ¿Es necesario que la televisión imite las formas de abuso y estupidez que se practican en los colegios? El reto de hacer comer insectos a los chicos ¿es acaso algún absurdo ejercicio de empatía con ellos? Algo así, en realidad, pero al revés. Ellos le dan a la gente lo que ellos le hicieron querer. Y es que, si bien la televisión es entretenimiento, es también un inevitable transmisor de algo muy parecido a la ideología, una ideología invertebrada, digamos; una línea de pensamiento sin un rollo que la explique o justifique.

"Un archipiélago es un animal"

Cuando estaba en el colegio, un buen maestro me dijo: “la principal educación es la que se da con el ejemplo”. Y bueno, la televisión sabe eso perfectamente. Por eso, ellos no contratan a sus idiotas para hacer las cosas más fáciles. Lo de ellos no es un “dejar de hacer por negligencia” sino un “hacer por defecto”. Ponen frente a nosotros a chicos y chicas de cuerpos saludables y cerebros famélicos; a tipos dinámicos y sonrientes, pero con pocas luces; a periodistas con apariencia severa o actitud mordaz, pero mentirosos y materialistas. Ellos adoctrinan con la imagen y las acciones. Cuando una chica bellísima nos dice que un archipiélago es un animal, la televisión nos está inculcando la idea de que no es necesario estudiar para ser “alguien”, que basta con un buen culo y una cara linda. Cuando un tipo aparentemente desenfadado publica las apetencias privadas o la escondida orientación sexual de un colega, está fomentando el odio y la intolerancia. Apedreamiento público, señores; lapidación. De la misma manera, cuando Aguilar y Alzamora hacen comer cucarachas a una adolescente, el mensaje es devastador: “los bienes materiales bien valen que hagas lo que sea”. LO QUE SEA.

De un tiempo a esta parte, es noticia común el asesinato de alguien a manos de su hijo. Cuando un chico mata a su padre, lo hace porque sólo ha podido ver en él a un surtidor de juguetes y ropa, a una máquina de dinero, y no a un proveedor de afecto o cultura o espíritu reflexivo. Cuando Mónica Delta nos relata un parricidio más, y con profunda expresión vallejiana sentencia algo como: “¡qué barbaridad con estos jóvenes!”, ella sabe perfectamente que trabaja para un medio que fomenta esos delitos ¿Exagero? Júzguenlo ustedes. Si es verdad que la TV nos dice de mil maneras, explícitas y simbólicas, que “con dinero baila el mono”, y en la escuela ya nadie dice lo contrario, y mucho menos en casa, porque todos allí reciben el mismo mensaje ¿Qué esperamos sino a gente peligrosamente codiciosa?

Mónica Cecilia Teresa Delta Parodi

La espiral de decadencia se hace así interminable, y en ese recorrido que parece infinito están ellos, para alentarlos a despreciar lo que sólo en teoría sigue siendo valioso. Frases como “la gente tiene derecho a elegir”, “la educación viene de casa”, “la televisión es sólo para entretener” o “tú tienes el poder del control remoto”, son sólo comida para buitres. Hoy los hipócritas o los necios sugieren a los medios que se “autorregulen”. Bueno, así será, pues.


Sigan pidiéndole a los perros que dejen de cagar en la vereda.


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viernes, 27 de marzo de 2015

Breves reflexiones sobre la paternidad (a ocho años de la muerte de mi viejo)

Yo no soy padre y lo más probable es que nunca lo sea. Hace un par de años me sentí padre, pero creo que la experiencia se produjo para descubrir que no soy un ser tan incompleto como creía. Puedo proteger, educar y amar a un niño... o a una niña, que es lo que me ofreció el destino para mi absoluta felicidad. Incluso descubrí que no necesito procrear para sentirme papá.

En mi país, hay muchos padres que son unos hijos de puta. Es sintomático que a los malos padres se les defina como hijos de alguien. Yo no creo que las putas sean necesariamente madres de personas viles, pero no quiero hablar ahora de la injusticia o el poco rigor de ciertos lugares comunes del idioma y la cultura. Si menciono a mi país en este caso, es porque creo que la “baja calidad” del padre peruano se da en un contexto determinado. Pero ese contexto no es un espacio físico. Mi país, el Perú, sin entrar en descripciones patrióticas o detalles estéticos, es generoso y bello. Creo yo que el espacio que nutre la iniquidad enferma de los padres peruanos es el Estado, esa cosa que el diccionario define objetivamente como el “conjunto de los órganos de gobierno de un país soberano”. Bueno, ni tan soberano, pero ya quedamos en que ni el idioma ni sus paradigmas son capaces de definir las cosas con absoluto rigor. El asunto es que "nuestros"padres suelen ser un asco y se parecen mucho a ese “conjunto de órganos”. El Estado, nuestro Estado, es un padre que le niega a sus hijos una educación pública de calidad, un sistema de salud eficiente, seguridad en el más amplio sentido de la palabra, abrigo, afecto, tiempo, y que luego de vejámenes y pateaduras, no duda en abandonarlos.

Debe ser por eso que nunca me sentí un genuino hijo del Perú. En todo caso soy un hijo de esta tierra biodiversa, multicultural, enorme y absurda, pero no de ese ente maquillado de miserias que es el Estado Peruano. Debe ser también por eso que siempre me sentí incompleto e incapaz de tener un hijo. Pero es un alivio haberme enterado, pasados los cuarenta, que no es que haya sido un insensible a la dulzura de un niño o que hubiera querido evadir el enorme peso que supone hacerse cargo de una vida humana. Es sólo que nunca había tenido la oportunidad de enfrentarme a alguien que me despertara con una sonrisa desbordada, o me apretara fuerte del brazo mientras tomaba teta con los ojos cerrados, o que buscara, en medio de su galimatías, las palabras que yo jugaba a enseñarle, o que se dejara dormir con una canción, o que aprendiera a abrazar en mis brazos.

Pero ya tuve la oportunidad. Y no quiero contar mi historia de padre y esposo temporal, porque prefiero proteger esos pasajes en la memoria o, si acaso, en la ficción. Pero siento que debo dar las gracias a alguien que aún no sabe hablar muy bien y que no tendrá nunca algún recuerdo de mí. Y aunque me jorobe saber eso, me consuela hacer proyecciones matemáticas precisas de ella y le auguro éxitos legítimos y el cariño de la mitad del mundo. Eso por un lado.


Por otro lado, le agradezco a mi viejo, claro. Por ser bastante más que la negación del Estado peruano. Porque el tipo no sólo  me mandó al colegio, sino que me explicó sin resultados inmediatos millones de cosas que yo no entendía; porque no sólo me llevó al médico cuando fue necesario, sino que sabía frotar mi pecho y me enseñaba a respirar cuando el asma me ahogaba. Porque me protegió y jugó conmigo hasta una edad razonable y me quiso siempre, sin aspavientos, casi tímidamente. Imperfecto él, como quiere a un hijo un padre genuino.

Y también a ella, a la mujer en el horizonte.

Y nada más.


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jueves, 26 de marzo de 2015

La memoria de lo inútil



No entiendo ya el apego a ciertos objetos inútiles. Entiendo que los objetos almacenan memoria, pero no todo vale la pena recordarlo. Un día me deshice de libros y revistas sobre historia del fútbol, de camisas de manga corta y medias con rombitos, de zapatos que jamás usé, de cuadros que nunca más expondría y que habían perdido significado, de cassettes con música que podría encontrar en la red, de botellas de vino lindas y vacías, de espejos que habían reflejado todas mis edades.

     

Y no es que me convertí en un ejemplo de muchacho, pero ya no tenía ese estúpido diploma diciéndome, como si fuera una primicia, que en tercero de secundaria me fui a la mierda y que andaba catatónico e infeliz en las clases y en la vida. Y es que hay un tiempo para botar. No puedes guardar un teléfono inalámbrico que ya no recibe señales o un disco rayado de Tom Jones que te regaló una tía que ya hace mucho detestas. La memoria sana es la que está en ti, en tu cabeza, no la que está en los pliegues empolvados de una casaca que no va con tu edad o servida en una taza rajada de los setenta. Aun así, hay pensamientos sin representación física que deben echarse también.



 No soy un optimista, es cierto. Y por eso no ando encontrando megaproyectos rentabilísimos  en el futuro ni me autodenominaría jamás “emprendedor”, pero al menos quiero mi camino despejado, limpio del dolor amarillento de mis libretas de notas y mis cuadernos Loro, con tan sólo alguna que otra carta hermosa escrita tras la foto de una ciudad portuaria que amé. Así quiero estar, en silencio o con mis tangos viejos recién aprendidos, sin las tristes canciones de Ian Curtis trayendo nubarrones sin lluvia desde Lima.  No quiero vivir tropezando con desperdicios de mi historia. Quiero un futuro lleno de emociones inciertas donde la vida o la muerte me sorprendan tras una esquina, sin el retrato de un viejo supersticioso que me trate de aleccionar diciéndome: “Te lo dije”.


Chao.


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