miércoles, 1 de julio de 2015

SELECCIÓN PERUANA 2015: SI NO SE PUEDE EN COPA, ENTONCES EN VASO

     
Advíncula llora, Ramos le despeja el camino: Intervención sobre foto de AFP

     "Mediocre", decía un empleado de Ripley refiriéndose al máximo goleador extranjero en la historia de la Bundesliga. Él nunca había sido elegido empleado del mes en la sección camisas. "Pongamos todo en la cancha", decía un empleado de la Sunarp mientras acomodaba su Pomalca con Cola Real sobre la mesita de centro. Él nunca pudo meter un gol ni con el equipo de servicio de atención al cliente. “Ganamos, conchesumadre”, decías tú, gigantógrafo de Wilson. Bueno, ésa sí vale, porque aunque no sabes ni bailar el trompo, se comprende y felicita la empatía. A ver si la sacas también cuando perdemos.

     Ojalá la selección le gane a Paraguay y logre el tercer lugar. Hay gente que me escupe que con mi poca ambición no vamos a llegar a ningún lado. ¿Aló?, dijeron ”¿Vamos?”. Que yo sepa, ni ellos ni yo entramos a la cancha. Mucho achoramiento ya. Creer que hoy merecemos triunfazos históricos en algún deporte es poco sensato. En ciento veinte años de historia olímpica ganamos tres medallas. Dos de plata y una sola de oro. Una en vóley femenino y dos –hasta parece una cruel ironía de nuestra viciosa existencia- en tiro.

     En base a este minúsculo universo y a esta insignificante estadística, llegamos a la conclusión de que sólo el 33.3 % de nuestras medallas (o sea una) las ha logrado un deporte colectivo. Si vamos más allá del mundo olímpico, nos daremos cuenta de que nuestros campeones de lo que sea tienen nombre propio (Inés Melchor, Francisco Boza, Sofía Mulanovich, Julio Granda, Paola Mautino…) y no el de un equipo. Menos aun el de una federación.

     Pero esto no es casualidad. Es casi un cliché decir que las instituciones no funcionan en el país, pero siendo una sociedad tan predecible y básica, los clichés funcionan a la perfección. Desde el Estado hasta los organismos deportivos, pasando por la empresa privada, lo que nos gobierna es el egoísmo, la envidia y la ambición individual. Y los prejuicios y la ignorancia y la corrupción y la mala leche, claro.

     En esta selección peruana de fútbol pude vislumbrar una luz distinta. Y aunque estar entre los cuatro mejores no dé para celebrar, yo sí celebro. Apaciblemente, con una sonrisa y un pequeño suspiro de alivio, celebro. Me tomo un amable trago, porque tampoco es para empujarse la botella entera. Lo hago, aun a pesar de que en un par de días se podría conseguir un resultado inferior al que logramos en la edición anterior. Y es que, al margen de la derrota frente a Chile o la siempre posible caída frente a Paraguay, esta selección ha demostrado cosas distintas –para bien- con respecto a la del 2011. De esa eficiencia fugaz, de ese “ratoneo” que parecía imprescindible para lograr algo a espaldas de Manuel Burga y su corte de chupabolas, ahora nos encontramos con un equipo que se da tiempo para ir adelante aunque se quede con diez. No contentos con esa dosis de entrega y concentración, los chicos de Gareca nos han devuelto un poco de la alegría del fútbol de los setenta y parte de los ochenta. El segundo gol de Guerrero a Bolivia, gestado con los lujosísimos pases de Cueva y un taco semiacrobático de Farfán, cuenta no sólo del talento tanto tiempo oculto en procesos mezquinos y desnaturalizadores, sino de una alegría también aplacada por dirigentes corruptos y por una prensa que pasaba de la sobonería desmedida y el humo a la traición aplaudida por una hinchada tuerta y vociferante.

     Aunque no sabemos qué pasará luego con esta federación encabezada por Edwin Oviedo, si trabajará o no con honestidad y pensando en el beneficio común o la seguirá cagando, lo cierto es que la frescura que se siente luego de todos esos años enclaustrados en la necedad, la obstinación y la ambición de Burga, origina, por un ratito al menos, un profundo suspiro de paz. Eso parecen sentirlo con mayor intensidad los propios jugadores, seguros hoy de sí mismos y respaldados por un entrenador sobrio, inteligente y con una evidente capacidad para comprender la mente explosiva y desordenada de nuestros peloteros.

     Ojalá que estemos yendo realmente en esta dirección y que no sólo la sigamos en el fútbol, sino también –aunque esto ya suene a los idílicos años verdes del tío Rossini- en todos los deportes individuales y colectivos, en la empresa pública y en la privada, en nuestra vida social y política, porque si seguimos serruchándonos el piso, si seguimos empolvándonos, disforzados, el ombligo; si continuamos alimentando con nuestras miserias el rencor de quien luego nos apuñalará por la espalda, nuestra única salida será seguir solos, antes que mal acompañados.
Entonces, salud, pues, en vaso nomás, si no se puede en copa. Salud, y como dicen en las peñas habaneras: “Que haya salud, porque belleza sobra”. Sólo hay que dejarla surgir.



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