Como decía nuestro artista Juan
Javier Salazar, en Lima siempre “parece que va a llover, pero nunca llueve”. Esta
imagen literal desde el punto de vista meteorológico, ilustra más el clima de
nuestra mente que el de nuestra vida. Y es que los limeños decimos que estamos
al borde del colapso, cuando en realidad ya colapsamos. Debido a una mezcla
innecesaria y torpe de optimismo con egoísmo, de necedad con poca conciencia, creemos
que la cosa es manejable o que, decididamente, va viento en popa. De otro lado,
en nuestros inusuales momentos de lucidez o sinceridad, el alma sólo nos da
para decir que estamos a punto de ser lo que ya somos. Acá ya nos cayó el
diluvio y naufragamos.
El día en que Luis Castañeda
creyó que era una buena idea traerse abajo la reforma del transporte y reducir
las sanciones por accidentes de tránsito, muchos fans, devotos, hinchas y
barras bravas del alcalde, anestesiados por una vida entre combis asesinas y
coasters sicarias, siguieron defendiendo con tozudez el voto que le dieron al
hepático sol solidario.
El instante en que Luis Castañeda
decidió borrar los murales del Centro Histórico de Lima, auspiciados por la
gestión de Susana Villarán, algunos artistas defendieron la idea de que el
muralismo es un arte efímero (deberían ir a México a borrar los murales de
Siqueiros, Rivera, Orozco o Tamayo, a ver qué pasa con su idea de lo efímero).
Incluso la ministra de cultura, Diana Álvarez-Calderón estaba de acuerdo con
Castañeda, porque, claro, la doña no entendía la diferencia entre un mural y un
grafiti y, claro, claro, se trataba de una expresión de marginales que no
merecían ni la pared regada con pichi de un terreno baldío.
Cuando Luis Castañeda decidió que
Mistura iba, sí o sí, en el Parque de la Exposición, y Natalia Majluf denunció
que era un atropello hacer una feria del bitute a la entrada de un museo serio
que tenía una programación establecida, la gente de Apega y los organizadores
del evento dijeron algo como “Qué más quieren. Encima de que les vamos a traer
turistas, se quejan porque los Funerales de Atahualpa van a quedar impregnados
con un rico aroma de chancho al palo”.
La vez que Luis Castañeda determinó
hacer el bypass en la avenida 28 de julio, cagándose en la posibilidad de hacer
Mistura, y dejando en evidencia que recién se le había ocurrido (oh, qué
coincidencia, frente al futuro bypass está Telesup, instituto de José Luna
Gálvez, financista y compadre espiritual del alcalde), ya a los capos de la
feria del richi, del combo, de la jama, no les gustó tanto la gestión de
Solidaridad Nacional, que días atrás habían aplaudido.
El momento en que a Luis Castañeda
le pareció conveniente llevar a cabo el tercer carril frente a la Costa Verde,
para quedar como un hombre de decisiones firmes, en contraste con “la vaga”,
“la inepta”, “la pusilánime” de Susana Villarán, que había desistido de
hacerlo, la comunidad entera de surfers peruanos -en donde prejuiciosamente
diré que había muchas viudas del que roba pero hace obra-, se mostró, digamos,
en total desacuerdo. Días después, cuando Luchito colocó unos filudos rocones
de río para proteger su porquería de carril del maretazo que se avecinaba,
garantizando estropear el oleaje de la playa La Pampilla y poniendo en riesgo
la propia vida de los surfers, éstos explotaron de indignación e ira, y la
Marina de Guerra del Perú le clavó al municipio una multa de 57.000 soles, que
seguramente Lucho pagará con alguna coimita recibida en el cumplimiento de sus
ideales de asaltar y poner cemento.
A más de ciento veinte días de
iniciado su mandato, Luis Castañeda Lossio, con su expresión de villano de
Hannah & Barbera, sigue teniendo un nivel de aprobación de más del 50 %. La
gente que lo rechaza es aquélla que ha sido directamente perjudicada por su
autoritarismo y su insensatez. Los demás lo siguen queriendo. Y es que al
cajero de un banco le importa un pepino si don Lucho despidió a tres mil
trabajadores de la Municipalidad de Lima; a un cocinero de chifa le importa dos
pimientos que se tirara abajo una buena gestión cultural; a un pelotero de
barrio le importa poco que ponga en riesgo la vida de quienes circulan o
utilizan la Costa Verde para hacer un deporte distinto; a un comerciante de
Lince le importa nada que, cancelando el maravilloso proyecto Río Verde, margine
de una vida digna a cientos de shipibos que vinieron a Lima, con el mismo
derecho con el que Roque Benavides va a visitar su mina en Cajamarca.
Quizá porque no soy un hombre de
fe, pienso que Luis Castañeda tendrá que cometer demasiadas tropelías para
perder considerablemente la simpatía de la gente. Demasiadas. Es más, no me
sorprendería que, con sus obras avanzadas -seguramente para mal- muchos le devuelvan
su apoyo y sean felices diciendo que siempre confiaron en él. Y es que a los
limeños les revienta equivocarse. Les da rabia que el edificio que construyeron
tenga defectos estructurales y que haya que tumbarlo y empezarlo de nuevo. Castañeda
es ese edificio, esa construcción de buen gerente, buen administrador y buen
alcalde que levantaron sus adormecidas mentes. Prefieren reivindicar el error. Creer
que viven en el sueño de una habitación en el Westin y repetir entre los
escombros tangibles las palabras de Humberto Martínez Morosini frente a un esperanzador
empate: “Aquí no pasa nada, vamos muchachos”.